Y se puso a echar sus miguitas a los peces, hablándoles con el cariño y el mimo de una madre que acaricia a sus hijuelos...
—¡Hola, tragoncillos! ¿Hay apetito?... Vamos, haya paz, que para todos hay... ¡Mira, mira, María, cómo abren el hociquito!... ¡Qué delicia! ¡Qué monada!
—Pero esta mujer tiene sangre de chufa—pensaba la Valdivieso muy enfadada—. ¿Sí?... Pues, aguarda, allá va... ¡Anda, fastídiate!...
Y se puso a contarle, en apoyo de la tesis de Villamelón, horrores..., horrores de Jacobo... Paco Vélez se lo había dicho todo la noche antes: ella, ¡claro está!, por prudencia había callado tanto tiempo; pero ya era hora de hablar, y a fuer de buena amiga debía desengañarla...
—¡Pícaro! ¡Tragón!—dijo en aquel momento Currita—. ¡No le muerdas!... ¿Habráse visto?... ¿Para quién son esos sopirritones?... Para ti... ¿Para mí, esos sopirritines?...
E incorporándose un poco, dijo mirando siempre a la pecera:
—Hija, dispensa. ¿Dónde decías que vive esa francesa?
—¡No, si no lo decía!—gritó la otra pasando del despecho a la furia—, pero te lo digo ahora para que abras los ojos. Vive en la calle de Rebollo, número 68, en un hotel. ¿Te enteras? En un hotel muy bonito, y se llama... ¿Cómo se llama?... Pues, señor, no me acuerdo; ello era un nombre así como de píldora.
—Chismes, mujer, chismes de gente ociosa—replicó Currita sobando tranquilamente sus migas.
Y con ansia febril repasaba en su interior los nombres de todas las píldoras conocidas y hacía esfuerzos inauditos para grabar en la memoria la calle de Rebollo y el número 68.