—Cualquier cosa, lo que usted pueda... Algún bibelot para la kermesse.
—¡Oh!, sí, sí... Enviaré algún objeto de arte...
Margarita se mordió los labios para no soltar la risa: pensaba si sería la chocolatera el objeto de arte prometido. Currita díjole entonces con graciosa sonrisa:
—Y si ese objeto de arte es obra de su genio de usted, será mucho más agradecido.
—¡Oh!... ¿Mi genio?—exclamó la otra muy sorprendida.
—Sí, su genio he dicho... Ya sabe usted que esas cosas no pueden ocultarse... Su paisana, madame Staël, lo dijo: donde hay genio, brilla.
—¡Oh!...
—El marqués de Sabadell—prosiguió Currita, dejando caer lentamente las palabras—me enseñó aquel ramito de camelias que... le envió usted hace tiempo... ¡Es un quadretto delicioso! Si manda usted a la kermesse una pochade parecida, no habrá regalo que la iguale...
La dama anónima sonreía, sonreía siempre, con los ojos bajos, como abrumada por el peso de aquellas lisonjas que hacían vibrar las aletas de su fina nariz con estremecimientos de rabia. Currita quiso darle el golpe de gracia, y con aire de bondadosa protección dijole entonces: