Hizo aquí una pausa, tragóse un buen bocado, preparó otro muy grande y dijo mientras tanto:

—Perro ¿no comes, hombre?... ¡Si no has tomado más que las ostrras!...

—No tengo ganas...

—Ni yo tampoco... Porr supuesto, que lo mejorr que ha podido sucederr es lo que ha sucedido; porrque si mi sobrina Villasis llega a serr presidenta, quedaban rreducidas las obrras de la Asociación a novenas y triduos de rrogativas, y a limosnitas rrecogidas porr las socias a la puerrta de las iglesias... Y ni aun esto siquierra, porque yo mismo la he oído decirr, yo, yo mismo—y el tío Frasquito, con ademán imponente, se tiraba de una oreja—, que es un escándalo, una profanación poneer rreclamos de niñas bonitas a la puerrta de las iglesias. ¡Vaya usted a verr qué modo de entenderr las cosas!... Perro, en fin, los pobrecitos herridos no se quedarrán sin socorrro, y lo que la perrfecta viuda les quita porr un lado, se lo proporrcionarrá porr otro la pícarra Samarritana. Porque Curra, con ese corrazonazo que tiene, ¡claro está!, ¡lo ha tomado con un calorr, con un empeño!... ¡y lo que es la kerrmesse, ha de darr mucho dinerro!... Anoche, como no estuviste allí, no podrías enterrarte, pero se trata ahorra de buscarr el sitio; unos dicen que en la platerría de Martínez, otros que en el Rreal. ¿Qué te parrece?...

Jacobo, aburrido de aquella charla insustancial y mujeriega, estuvo por decir que le parecía mejor la punta de un cuerno, y el tío Frasquito, viendo que no contestaba, se apresuró a añadir:

—Yo creo que en el Rreal... En la Óperra se hizo la de Parrís, cuando los inundados de Szegedin, y estuvo brillantísima... Perro, francamente, le temo a Diógenes, que se colocarrá allí, de seguro... le temo, le temo; te digo que le temo. Porrque, ¿qué se hace uno, si ni aun queda el rrecurrso de desafiarrlo?...

—¿Que no?—replicó Jacobo riendo, a pesar suyo—. Desafíalo tú, y córtale las orejas.

—¡Oh! ¡Lo que es por mí no quedarría!—exclamó lleno de ardor bélico el tío Frasquito—. ¡Pero si es imposible! ¿Sabes lo que pasó con Paco la Granda... otro animal como él?... Pues le hizo Diógenes una barrabasada, y Paco le mandó sus padrinos. Diógenes dijo que sí, que se batirría, perro como le tocaba la elección de armas, exigió que el duelo fuerra a cañonazos, ¡figúrrate tú!... Paco le envió a decirr entonces que donde quierra que le encontrase le darría de bofetadas; Diógenes contestó que se le acerrcarra si podía... Y se le acerrcó, en efecto. ¿Perro parra qué, Jacobo, parra qué?... Parra que el animal de Diógenes, como es tan grandote, le diese un estacazo que le rrompió dos costillas... ¡Dos costillas!... No creas que exagerro: ¡dos costillas!

Y el tío Frasquito, rebosando indignación, palpábase con el reverso de la mano el sitio en que, naturales o postizas, debía de tener las suyas.

Jacobo nada decía, y comenzando el viejo a notar su preocupación, indicóle bonitamente que el almuerzo terminaba y le estaba ya estorbando.