—Es mi vicio—decía—, nadie lo sabe; un secreto... Péché caché, est tout à fait pardonné.
Y estornudó por tres veces, haciendo figuras y monadas con que creía apartar de la mente de Jacobo la maldita idea del gorro quemado: mas este, no bien salieron los criados, después de servir el legítimo ron de Jamaica, tomó a preguntar:
—¿Te acuerdas de aquella noche?...
El tío Frasquito contestó un ¡sí! tímido y vergonzoso, cual si le recordase la pregunta algún crimen nefando.
Jacobo volvió a preguntar:
—¿Y te acuerdas de unos sellos de lacre, dos verdes y uno rojo, que te regalé aquella noche?
—Sí—replicó el tío Frasquito más animado.
—¿Qué has hecho de ellos?...
—En mi álbum los tengo... ¿Quierres verrlos?
—Enséñamelos.