Torció Diógenes un poco la cabeza y balbuceó con ira:
—¿Visita?... ¿Quién?... ¿El enterrador?... ¡Polaina!... ¡Que aguarde!...
—Es una señora...
—¿Una señora?... ¡Polaina!
Y soltó una atrocidad, una indecencia que aturdió por completo al fondista e hizo enrojecer a la marquesa detrás de la puerta, con ese santo rubor que realza tantas veces a los fuertes y castos ángeles de la caridad que sirven en los hospitales, sin asustarles por eso, ni hacerles huir de la cabecera de ciertos enfermos. El fondista, muy turbado, quiso terminar de un golpe, diciendo:
—Es la señora marquesa de Villasis.
Diógenes dio una gran voz, un grito doloroso, como si acabara de pronunciar una blasfemia; quiso arrojarse de la cama, incorporarse siquiera, y le faltaron las fuerzas, cayendo pesadamente, levantando los brazos, agitando las manos, lanzando bramidos ininteligibles, extraños balbuceos que parecían retratar la emoción de una fiera agonizando en su caverna. La marquesa se adelantó entonces, y sin asco ni temor apretó entre las dos suyas aquellas manos sudorosas.
—¡María!... ¡María!...—exclamaba Diógenes.
—¿Qué es eso, Perico?... ¿Qué es eso, hombre?—decía ella dulcemente, inclinando su rostro lleno de lágrimas sobre el desencajado del viejo.
—¡Me muero, María!... ¡Me muero!... Te saliste con la tuya... No es en el hospital, pero es de caridad... En la fonda.