—¡Cuidado, Martínez, cuidado!... Que le tienden a usted un lazo...

—¿Un lazo?—exclamó Currita, retirando vivamente el ramito.

—Sí, señor, un lazo—afirmó Jacobo riendo—. ¿Pues no ve usted que lleva el bouquet una flor de lis?...

—¡Ay, Jesús!—replicó Currita escandalizada—. Entonces ¡protesto, protesto!... Yo persuado a quien puedo, pero no sorprendo a nadie... ¿Quiere usted que se la ponga, Martínez?... ¿Sí o no?...

—¡Jú, jú, jú, jú!—mugió el buey Apis, haciendo con la cabeza ademán afirmativo.

—¿La acepta usted entonces?—preguntó Currita.

—La acepto.

—¿Con todas sus consecuencias?...

—Con todas sus consecuencias—repitió el buey Apis.

Y paseó por todos los presentes una mirada orgullosa, casi fiera, que no carecía de la tosca grandeza de un Mario, a la vez plebeyo y formidable, que se dejase acariciar por afeminados patricios... Un aplauso general acogió la declaración del antiguo revolucionario, y Villamelón, muy conmovido, propuso un brindis en honor del rey Alfonso XII. Apuráronse las copas, y Fernandito, tomando entonces la que había servido a Martínez, dijo solemnemente: