—¿Quién ha traído esto?—preguntó.

—Damián la ha traído... El señor marqués ha estado todo el día esperando esa carta, y dejó dicho que en cuanto viniera se la llevaran al Veloz... Damián fue allí y el señor marqués había ya salido; tomó entonces un coche y la trajo aquí corriendo.

Currita quedóse un instante muy pensativa y dijo al cabo:

—¿Y el señor marqués no ha venido?

—No ha venido todavía.

—Está bien; yo se la entregaré cuando venga.

Y con la carta en la mano entróse en el boudoir, arrugando el entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la gran lámpara sostenida por el negro de ébano tomó a registrar la carta por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tenía timbre, sello ni inicial alguna, y venía ligeramente pegado con la misma goma de los bordes.

Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio papel, sin doblarse ni romperse, se despegó fácilmente. Venía dentro una de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin duda debió de haber algún timbre o algún nombre. En breves renglones decía: «La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en la calle de X**, número 4, principal, derecha. Silencio y discreción. No diga al portero mi nombre: pregunte por la señora de Rosales.—N.»

—¡Qué delicia!—murmuró Currita; y mordiéndose los labios hasta hacerse sangre, volvió a leer por dos veces la carta, sentándose antes en una butaca.