Mas necesitaba antes que nada reflexionar, trazarse un plan, preparar su respuesta y ordenar sus preguntas; y aprovechando la ocasión de hallarse en cama Fernandito, postrado por uno de esos ataques de imbecilidad que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, tomóse todo el día del lunes y dio la orden terminante de no recibir a nadie. Creía ella tener que habérselas de seguida con las visitas importunas, las preguntas indiscretas, las impertinentes lástimas y las molestas compasiones que la habían asediado cuando la muerte de Velarde, catástrofe también espantosa, que sin saber explicarse el porqué parecíale en estos momentos más terrible que le pareció en aquellos primeros instantes. Mas, con gran sorpresa suya, pasó todo el día del lunes, y pasó también el martes, y llegó y pasó asimismo el miércoles, sin que ningún coche parase a la puerta, ni atravesase una sola visita las antesalas, ni recibiera el oso del vestíbulo en su bandeja ninguna tarjeta, ni llegara tampoco el menor recado, la más insignificante misiva de atención, de interés o de consuelo... Aterróla entonces aquella soledad, que no sabía explicarse, porque ignoraba que la opinión había atravesado en el dintel de su puerta el cadáver de Jacobo; mas cuando llegaron a su noticia las voces que corrían y supo que una pérfida y misteriosa mano explotaba el funesto hallazgo de la capa de pieles, para hacer recaer sobre ella las sospechas del crimen, tuvo en su soledad vértigos de ira, estremecimientos de fiera acorralada, y decidió desafiar frente a frente a la calumnia con un golpe de enérgica audacia.
La casualidad presentóle bien pronto ocasión propicia; el viernes muy bien de mañana trajéronle el aviso de que le tocaba al día siguiente hacer su guardia como dama de honor en Palacio. Enviábale este aviso, según la costumbre, la dama que había hecho la guardia el día antes, y era esta una buena mujer, sencilla y piadosísima, que, desechando como terribles calumnias las voces que corrían, apresuróse a cumplir con su deber avisando a Currita y dejando al arbitrio de la dama el acudir o no acudir a la cita de Palacio.
Por primera vez después de la espantosa catástrofe sonrió Currita, con aquella sonrisa de diablillo, señal en ella de alguna idea feliz que pasaba por su mente. Tocábale la guardia el sábado, y según la tradicional costumbre, habían de asistir los reyes a la Salve de Atocha; la novedad atraía todavía gran concurso de gentes a conocer y contemplar a la joven reina, y presentándose Currita a su lado, en el primer puesto, parecióle que había de detener desde allí los tiros de la calumnia. Conocía ella bien el mundo que frecuentaba, que forma sus juicios y regula sus actos por los del poderoso que mira en lo alto, y creyó con razón que le bastaría presentarse una vez en público al lado de la reina y a raíz del suceso, para que todos acallasen sus escrúpulos y se apresurasen a conservarla en el puesto de honor que había ocupado siempre en la corte.
Sin llamar a Kate, saltó Currita de la cama antes de las nueve y fue a abrir ella misma una ventana para enterarse del estado del tiempo: el sol brillaba despejado, no se descubría una nube en el cielo y prometía la mañana una tarde deliciosa. Currita sintió un movimiento de gozo vivísimo que le pareció el presentimiento del triunfo; los carruajes de la corte saldrían, por el buen tiempo, descubiertos, y sin duda irían después de la Salve a dar una vuelta por la Castellana, donde todo el mundo elegante tendría ocasión de verla y contemplarla en su honorífico puesto... Algo la espantaba, sin embargo: la idea de que iba a serle forzoso pasar por aquel mismo trayecto que había recorrido con Jacobo la noche funesta, por aquella misma iglesia ante la cual pronunció su última palabra, por aquella esquina en que le había visto caer lanzando un gemido de agonía... Mas ¿qué iba a hacer ella? ¿Enterrarse en vida a los cuarenta y cinco años? ¿Dejar por escrúpulos sentimentales que le arrebatase una calumnia el prestigio, la soberanía suprema, el cetro de la elegancia y el buen tono que, a pesar de mil vergüenzas verdaderas, había conservado en su mano hasta entonces?...
Rióse ella misma de sí misma al notar la febril impaciencia con que esperaba la hora de ir a Palacio, porque ni la señora de López Moreno había sentido mayores ansias ni más vehementes deseos el día de su famosa presentación en el hotel Basilewsky. Con esmero redoblado y gusto exquisito escogió una toilette elegantísima, con ese estudio de los pequeños detalles que se observa en los grandes genios y acredita en ellos el conocimiento práctico del terreno que pisan. Púsose un riquísimo vestido de terciopelo azul muy oscuro, guarnecido de piel de chinchilla, con sombrero y abrigo de lo mismo; dos perlas negras en las orejas y un trébol en el pecho, formado por otras tres perlas, blanca la una, negra la otra y rosa la tercera. En el hombro izquierdo, sujetas con un lazo encarnado, llevaba las dos cruces de dama de honor: cruz de esmalte rojo, la antigua de la reina Isabel, y una M de brillantes y rubíes, la de la nueva reina Mercedes. Después, mientras le traía Kate el rico pañuelo de encajes y los guantes de piel de Suecia, buscó ella en una cajita un relicario de plata que contenía un lignum crucis; besólo con gran piedad, oprimiólo un instante contra su pecho, cerrando los ojos e inclinando la cabeza como si pidiese algo al cielo con grande ahínco, y guardóselo después en el bolsillo, como se hubiera guardado un amuleto que tuviese virtud para alejar cualquier daño o peligro.
Al subir la escalera de Palacio latióle el corazón y tembláronle las piernas, porque vio a dos lacayos que cuchicheaban entre sí, mirándola a ella. Mas cuando el alabardero de guardia a la puerta de la Saleta dio el golpe de alabarda que anuncia la llegada de un Grande de España, crecióse el orgullo de Currita, despertó de nuevo su energía, y armada de toda su audacia atravesó la antecámara y penetró en la cámara misma, dispuesta a comenzar la batalla, creyendo encontrar allí a la camarera mayor o al gentilhombre de servicio, o quizá a todos juntos. La cámara, sin embargo, estaba desierta y Currita sintió el desahogo de un momento del enfermo que ve detenerse un instante la temida operación por haberse retrasado el médico. Sentóse en una banqueta frente a la mampara que lleva a las habitaciones regias, a fin de esperar que la reina la llamase o alguien saliese; mas la excitación nerviosa no la dejaba sosegar un momento, y levantóse al punto para asomarse a uno de los balcones y mirar a la plaza de la Armería; púsose luego a arreglarse los ricitos de la frente ante uno de los magníficos espejos y reparó entonces en el soberbio retrato de Alfonso XII, pintado por Casado, que habían colocado allí la víspera y se destacaba sobre la rica tapicería de seda granate con grandes flores amarillas, con todo el esplendor de una obra maestra.
Pasó un cuarto de hora, que le pareció a ella un cuarto de siglo, y en pie siempre ante el retrato, sintió abrirse a su espalda la mampara de las habitaciones de la reina; volvióse vivamente y vio que la mampara se volvía a cerrar y quedaba medio abierta, como si el que fuera a salir se hubiese detenido de repente. Oyó entonces, sin que pudiera distinguir las palabras, una voz suave de mujer que parecía acongojada, como si suplicase algo, y otra de hombre, fuerte y colérica, que exclamaba enérgicamente:
—¡No, no..., ahora mismo!
Inmutóse Currita atrozmente y metióse la mano en el bolsillo, como si buscara el lignum crucis; abrióse entonces la mampara y apareció el mayordomo mayor, también muy inmutado... La dama, fingiendo siempre hallarse absorta en la contemplación del retrato, volvió ligeramente la cabeza y saludó con la mano al personaje, diciendo con vocecita a su pesar temblorosa y angustiada: