—¡Ya lo creo!... Consúltelo usted y verá...

—Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted escribirle una cartita... deux mots, recomendándome?... Dígale usted cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de mí un concepto tan falso!...

Y Currita, persuadida ella misma de lo que decía, cual suele suceder a los embusteros de oficio, extendía las manos y abría mucho los claros ojitos, como para que la madre Larín la estudiase por dentro, concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubriéndose el rostro con el pañuelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y prometíale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anunciándole su visita.

—¡Se lo agradecería a usted en el alma, madre Larín; no lo olvidaré en toda mi vida!—gimió Currita—. Porque no crea usted que en el asunto de mi pobre Lilí faltarán dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y verá la cosa de manera muy distinta.

Y ya en la puerta, despidiéndose cariñosamente de la buena madre, volvió a repetirle:

—¡Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...

Y de pronto, volviéndose atrás desde la puerta, como si de repente recordase algo...

—¡Ay, madre Larín, se me olvidaba!... No sé si lo encargué a Lilí, porque con este notición se me fue el santo al cielo... Me han dicho que están ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lilí haga ese pequeño obsequio al colegio...

—Gracias, gracias, señora condesa...

—¿Gracias?... ¡Ay, madre Larín, qué mundo, qué mundo!... ¡Ojalá y sólo se gastara el dinero en cosas semejantes!...