La señora condesa bajó los ojos muy modestita, como haciéndose la desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella cuenta, y el padre continuó:
—Pero como usted comprenderá, este sacrificio de precio incalculable, cuya idea le fomentaré yo por lo que en sí tiene de útil y meritorio y porque bastará quizá el ofrecerlo para alcanzar de Dios lo que el pobre ángel pide, no es una vocación religiosa: es sólo un ofrecimiento que en su aflicción y en su generosidad hace la niña, y mientras Dios no lo acepte, no existe la verdadera vocación, y yo, por mi parte, ni puedo aconsejarla ni autorizarla tampoco hasta entonces.
«Pues estamos en el principio de la conversación»—pensó Currita, sin comprender del todo aquellas místicas sutilezas; y dando vueltas entre sus manos a un precioso devocionario que había traído de intento para demostrar su piedad al padre, dijo modestamente:
—¿Y qué cree usted entonces que debe de hacerse?...
—Dejar obrar a la gracia de Dios, que quizá le conceda como premio la vocación que aún no tiene, y mientras tanto, no sacarla del colegio.
—¿No cree usted entonces que le convenga volver a su casa?...
El padre Cifuentes abrió la tabaquera, y con la impasibilidad del hombre que golpea en los oídos de un sordo, con la sencillez con que hubiera dicho que hacía calor o estaba lloviendo, dijo tranquilamente:
—No, señora... Los ejemplos que vería en ella no conseguirían quizá corromperla, pero de seguro lograrían matarla...
Currita no protestó contra aquel reproche tremendo; no se avergonzó ni se indignó tampoco. Asióse, por el contrario, para llegar a su objeto, a la punta de aquella maza que la aplastaba, y dijo lastimeramente: