[—IX—]
Se ha dicho que más cavila un pobre que cien abogados, y hay quien cavila más que cien pobres y cien abogados juntos: cualquier muchacho haragán que se ve con un libro delante, clavado en un banco. En este caso se hallaba aquel día, en el estudio del colegio de Guichon, Alfonsito Téllez-Ponce, alias Tapón, piel del diablo, corazón de ángel, enredador como él solo, ídolo y tentación perpetua de sus compañeros, encanto y purgatorio eterno de sus maestros.
Sus propósitos no podían, sin embargo, ser aquella mañana mejores, ni sus intenciones más rectas: celebrábase al día siguiente el santo del padre rector con una jira de campo famosísima, allá en la playa de Biarritz, y el mísero Tapón, condenado por tres o cuatro sentencias a recluimiento perpetuo, proponíase, con un día entero de observancia completa, alcanzar el indulto general de sus condenas y el sobreseimiento de las diez o doce causas que, por diversos atentados, conatos e infracciones de la ley, se le seguían ante el tribunal del padre prefecto.
Levantóse, pues, de un salto al primer toque de la campana, lavóse sin derramar una gota de agua, y sin otro percance que el meter un pie en el orinal y hacerlo añicos, sin intención deliberada, por supuesto, púsose en formación muy derechito, entró en la capilla y oyó misa lo mismo que un san Luis Gonzaga.
Bueno iba aquello; mas al salir del sagrado recinto, diole un brinco el diablo en el cuerpo, y sin poderlo remediar tiró al compañero que marchaba delante en las ordenadas filas del pañal de la camisa, que impúdicamente le asomaba por debajo de la blusa. En la sala de estudio rezó el Actiones nostras con devoción suma, sacudió un papirotazo a su vecino de la derecha, arrastrado por la fuerza de la costumbre, tiró al suelo los libros del de la izquierda, por una necesidad casi de su temperamento, y abrió la tapa de su cajón con mucha formalidad.
Iba a ponerse a estudiar, y no de cualquier manera ni cualquier cosa; sus estudios de retórica habían ya terminado el año último, y acababa de asistir a la toma de Troya y a la fundación de Roma; había bebido con Horacio en las cascadas del Tíber, admirado a las abejas con Virgilio, salvado a la República con Cicerón y alborotado en las plazas de Grecia con Demóstenes. Tocábale aquel año dedicarse a la sublime ciencia del cálculo, y había obtenido ya, por orden de su profesor, la medida del campanario del pueblo, con un error aproximado de dos kilómetros; aquel día proponíase nada menos que determinar el radio de una esfera, y sacó con toda diligencia el libro de texto, la caja de compases y el blanco papel inmaculado en que había de desarrollarse el importante cálculo.
El padre Bonnet, inspector en el estudio, mirábale desde lo alto de la tribuna, asombrado de tanta laboriosidad, creyendo tener ante los ojos la conversión de san Agustín o el trueque de Saulo en Pablo.
Con un rápido movimiento del compás trazó Tapón una esfera limpia y correcta, con la luna en su plenilunio. ¡Magnífico!... Redonda era como el mundo... Parecía una carita... ¡Justo!..., una carita... Igual, idéntica a la de madame Dous, la tendera que vendía pelotas en los portales de Bayona. ¡Qué casualidad!... Tapón marcó con mucha habilidad dos puntos para tomar los radios con que había de trazar dos arcos que se cortasen, y se afirmó en su creencia... Aquellos dos puntitos parecían, sin duda alguna, los ojos de madame Dous, redondos, pequeños, abiertos como con un punzón... El parecido era exacto: tan sólo le faltaba el moñito en lo alto de la cabeza, y para que nada le faltase, pintó Tapón a la esfera un moñito en la parte superior; dibujóle luego unas narices en el punto en que debieron encontrarse los dos malogrados arcos, púsole por debajo una boca bigotuda, añadióle después dos orejas con pendientes, y en menos de un cuarto de hora encontró la cara de madame Dous, en vez de encontrar el radio de la esfera.
Satisfecho de su hallazgo, mostrólo a sus dos vecinos; una mano aleve avanzó entonces por detrás y arrancóle de las suyas la obra maestra. ¡Santo Dios!... Volvióse Tapón asustado y encontróse frente a frente con el padre Bonnet. ¡Bonita ocasión para presentarle su petición de indulto!...