El niño, avezado a callar por el largo y silencioso sufrir de su corta vida, calló una vez más devorando su rencor y sus lágrimas, y una hora después, cuando la campana llamaba a los alumnos a clase, Paco Luján no dio señales de haberla oído y siguió clavado en el banco, con la cabeza entre las manos, sin más muestras de vida que los frecuentes estremecimientos nerviosos que recorrían todo su cuerpo. Creyóle dormido el padre Bonnet y separóle las manos del rostro: vio entonces su frente arrebatada, sus ojos brillantes extraviados, y palpó sus manos ardorosas.
—¿Qué es eso, hijo?... ¿Estás malo?... ¿Tienes calentura?...
—No..., no..., no tengo nada—replicó el niño con forzada sonrisa.
Y arrancándose bruscamente de las manos del padre, echó a correr hacia la clase.
Jamás hubo despertar tan alegre como el que tuvieron al otro día los colegiales de Guichon; tenía aquello algo del despertar de los pájaros cuando en una mañana de mayo se lanzan del nido, al primer rayo de la aurora, y estalla su alegría, ruidosa, alborotada, comunicativa, derramándose por entre el follaje de los árboles como una cascada de alegres trinos, que llega hasta el fondo del alma y la conmueve, la arrastra y despierta en ella paz, gozo, consuelo y plácida gratitud hacia Dios. La alegre charanga del colegio sustituyó aquel día a las severas campanadas que arrancaban de ordinario a los alumnos de la profunda quietud del sueño de la infancia, para arrojarlos en los pequeños azares, inmensos para ellos, de la vida de estudiantes; cien vivas atronadores al padre rector se unieron al punto a los acordes de la música, y la alegría desbordada, la vida bulliciosa que rebosaba en aquellos cuerpecitos, inundó de repente dormitorios, pasillos y el colegio entero, yendo a estrellarse a las puertas de la capilla por una de esas rápidas mutaciones, increíbles en los niños, que prueban el poder inmenso de la disciplina y la fuerza irresistible que en toda multitud ejerce la autoridad que sabe hacerse amar y respetar. Reinó allí un silencio profundo, oyóse misa con devota compostura y tomóse luego un pareo desayuno; hubo entonces un momento de expectación general, de angustiosa perplejidad...
Apareció el padre prefecto, el temido ejecutor de las solemnes justicias, y mandó salir de las filas a Tapón y a otros seis sentenciados. Pintóse la consternación en todas las caritas, y mientras pálidos y constrictos se alineaban los reos a la izquierda, notóse en la multitud ese desasosiego que precede siempre en ellas a las resoluciones heroicas o desesperadas. Un chiquillo regordete salió al cabo de las filas, colorado como un tomate, y acercándose al padre rector, que en aquel momento llegaba, díjole con heroica magnanimidad:
—Que vayan al campo esos... Yo me quedo; sí, señor, yo me quedo por ellos.
Una exclamación de entusiasmo acogió la abnegación del héroe, y el rector, extendiendo la mano con ademán imponente, dijo muy grave:
—Usted, señor abogado de causas perdidas, se irá al campo ahora mismo... y esos siete señores se quitarán al momento de mi vista...
Aquí tornó el rector a alzar la mano, como si fuese a descargar el rayo vengador de la justicia, y concluyó con tremenda severidad: