Jamás se supo a cuál había pertenecido en vida la santa enseña: era el escapulario de la Virgen del Recuerdo...
Fin del libro cuarto
[Epílogo]
La campana del santuario de Loyola había tocado ya el último toque de misa y el hermano portero luchaba a brazo partido, en la misma puerta, con una de esas beatas pegajosas, ávidas siempre de santa curiosidad, propaladoras incansables de nuevas místicas, que creen asegurar el triunfo de la Iglesia y la extirpación de las herejías propagando entre fieles e infieles que el padre A estornudó dos veces seguidas, o que al padre B se le descosió la borlita del solideo.
Una señora enlutada salió entonces de la vecina hospedería, atravesó lentamente el prado y subió las escaleras que llevan al santuario. Era una mujer alta, joven aún, que parecía agobiada por el peso de una de esas inmensas desventuras que inclinan el cuerpo a la tierra, como buscando en ella el consuelo y la paz. El negro crespón que sombreaba su frente, sin ocultarla del todo, dejaba ver unos ojos rojos en que ya no había lágrimas y un rostro marchito, óvalo perfecto en que se veía, por decirlo así, incrustada una conmovedora expresión de dolor eterno.
Al pasar ante el hermano, saludóla este con muestras de gran respeto, y la beata, ansiosa siempre de noticias, preguntóle su nombre.
—La marquesa de Sabadell—contestó el hermano.