Pasó largo rato; terminóse aquella misa y salió después otra, y poco a poco fueron desapareciendo los fieles, quedando al fin sola la Albornoz, arrodillada delante, sin poderse sostener apenas, caída la cabeza, cruzadas las manos, imagen viva de la humildad aniquilada ante la misericordia. Detrás estaba la marquesa de Sabadell, arrodillada a larga distancia, sintiendo por primera vez, después de la muerte de su hijo, el consuelo inefable de las lágrimas.
De repente hizo Currita un penoso esfuerzo para levantarse, y la otra se levantó también prontamente, y salió de la capilla, deteniéndose al lado de allá de la puerta, junto a la pila del agua bendita... Allí la encontró la Albornoz, y dio un paso atrás al verla, pálida cual un espectro.
Mas ella, dando otro paso adelante, hizo un solo movimiento, una mera pequeñez, de esas que asombran a los hombres y regocijan a los ángeles: metió la mano en la pila del agua bendita y se la ofreció con la punta de los dedos...
Fin
Notas:
[1] Al publicarse por primer vez esta novela en El Mensajero de Corazón de Jesús, púsole su autor este prólogo dirigido a los lectores de dicha Revista, que por muchas y poderosas razones, nos ha parecido conveniente reproducir integro en esta sexta edición. (Nota de los editores.)
[2] Esta poesía es original del padre Alarcón, y fue leída en una solemnidad semejante a la que aquí describimos.
[3] Advertimos desde luego al lector, que ni en este ni en ninguno de los personajes que se presentan en los muchos episodios históricos de esta novela desempeñando cargos oficiales, se ha querido retratar ni aun siquiera aludir a los que realmente hubieran podido ocupar aquellos cargos en la época a que nos referimos. Por más que disten mucho ciertas personalidades de sernos simpáticas, nos inspiran a lo menos compasión, y al fustigar sin piedad al vicio y al escándalo, nos guardamos muy bien de ensañarnos con persona alguna determinada, a que puede el arrepentimiento haber colocado ya al abrigo de toda censura. Con más razón que Crévillon podemos decir: Jamais aucune fiel a empoisoné ma plume.
[4] ¡Adelante, Tom, adelante!... ¡Atraviesa!... ¡Arróllalos!...