—¡Uy!—dijo.
—¡Cinco!... ¡Son cinco y dos excelencias!...
—¿Me darás uno, Paquito?
—¡Tonta!... Eso no se da... Se pone en un marco... Pepito Vargas dice que su mamá se los pone en un marco...
—¿Grande..., grande?—dijo Lilí, indicando con sus manitas uno capaz de encerrar al Pasmo de Sicilia.
—Sí, grande, grande... Y mira: este es de Aritmética, y este...
No pudo continuar el niño; una mano seca, pegada a un puño inmaculado, salió por entre las cortinas, y después un brazo largo, y luego un hombro puntiagudo, y más tarde un rostro encarnado, característico, original, británico, como la cerveza de Bass o las galletas de Huntley...
—¡Mademoiselle!—dijo Lilí asustada.
Y la mano seca, pegada al puño inmaculado, agarró a la niña por un brazo y se la llevó para adentro, oyéndose una voz metálica, estridente, que desgarraba el tímpano como un resorte que rechina.