—Pero diga usted, don Pablo... ¿De quién eran esas veinticinco cartas?
El viejo se encogió de hombros.
—No sé—contestó—. El jefe de orden público leyó tres o cuatro y se las guardó con una risita que me dio mala espina.
—¿Pero dónde estaban?
—En aquella arquita antigua que está en el gabinete de la señora condesa... Es un cajoncito con secreto.
—¿En el secrétaire del boudoir?—dijo Currita aún más sorprendida—. ¡Pero si allí no había nada!... A ver, venga usted conmigo.
Había, en efecto, en un rincón del boudoir, una preciosa arquilla, obra acabadísima de marquetería italiana del siglo XVI, de ébano, tallado con ricas incrustaciones de carey, plata, jaspes y bronces. Currita abrió la gran tapa delantera, cuyas bisagras y cerrajas doradas dejaban ver, a través de sus artísticos calados, un fondo de terciopelo rojo, y entonces apareció el interior de aquel precioso mueble, compuesto de bellísimos arquitos, de galerías en miniatura en que encajaban infinidad de cajoncillos, ocultándose los unos a los otros, con múltiples secretos.
—Pero ¿dónde estaban esas cartas?—preguntó Currita impaciente, abriendo uno a uno los lindos cajoncitos.
—Aquí abajo—contestó don Pablo.