—Pero entonces, ¿qué partido sacamos de ellas?
—Uno muy sencillo... ¿No tiene usted que devolvérselas a la condesa?
—¡Claro está!... Como que el jefe de orden público le ha dejado recibo.
—Pues en vez de enviárselas usted a la mujer, se las envía al marido... Es la única manera de practicar en este asunto la obra de misericordia de enseñar al que no sabe.
—¡Magnífico!—exclamó el gobernador, admirado de la maquiavélica política de su excelencia.
Y, sin pérdida de tiempo, púsose a escribir un atento B. L. M. al marqués de Villamelón, presentándole mil excusas por el mal rato que le había dado aquella mañana, anunciándole la devolución de los papeles incautados y suplicándole cortésmente los repasase uno a uno y muy en particular las veinticinco cartas del paquete, no fuera que por casualidad se hubiese alguna de ellas traspapelado.
En aquel momento, un portero entregó al señor gobernador una esquelita perfumada, que parecía ser de una dama coqueta, y era del lindo ministro García Gómez, el elegante de la situación, el dandy de aquel gabinete eminentemente progresista. Enterado por su amiga Isabel Mazacán de la orden del día dada por el marqués de Butrón en la casa de Currita, apresurábase a poner en conocimiento de la primera autoridad de la provincia la manifestación de mantillas y peinetas que las damas de la aristocracia preparaban para aquella tarde en la Fuente Castellana. El gobernador comenzó a bufar de nuevo, amenazando entre enérgicas interjecciones hacer con mantillas y peinetas lo que Esquilache hizo con capas y sombreros.
—¡Pero, hombre, no sea usted mentecato!—volvió a decir el ministro con su risa de paleto—. Eso tiene muy fácil remedio.
—¿Cuál?
—Llame usted a Claudio Molinos.