Dulcísimo recuerdo de mi vida,
Bendice a los que vamos a partir...
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
Recibe tú mi adiós de despedida,
Y acuérdate de mí!...

¡Lejos de aquestos tutelares muros,
Los compañeros de mi edad feliz,
No serán a tu amor jamás perjuros;
Se acordarán de ti!

Un aplauso general salió del grupo de los niños, como un grito de entusiasta asentimiento. Los grandes no aplaudían; con el alma en los ojos y las lágrimas en estos, escuchaban inmóviles. El niño se adelantó dos pasos, y llevándose las manitas al pecho, prosiguió lentamente:

Mas siento al alejarme una agonía,
Cual no la suele el corazón sentir..
¿En palabras de niño quién confía?
Temo... no sé qué temo, Madre mía,
Por ellos y por mí...

Nadie respiraba; las lágrimas, al caer, no hacían ruido. El niño volvió entonces al público los cándidos ojos, con esa mirada vaga de la inocencia que parece investigar siempre algo ignorado, y prosiguió con tristeza que conmovía y sencillez que llegaba al alma:

Dicen que el mundo es un jardín ameno,
Y que áspides oculta ese jardín...
Que hay frutos dulces de mortal veneno,
Que el mar del mundo está de escollos lleno...
¿Y por qué estará así?

Dicen que por el oro y los honores,
Hombres sin fe, de corazón ruin,
Secan el manantial de sus amores
Y a su Dios y a su patria son traidores...
¿Por qué serán así?

Dicen que de esta vida los abrojos,
Quieren trocar en mundanal festín;
Que ellos, ellos motivan tus enojos,
Y que ese llanto de tus dulces ojos,
¡Lo causan ellos, sí!

Algunas mujeres enrojecieron, porque por la boquita del niño parecía hablar la voz de muchas conciencias; varios hombres bajaron la cabeza, y una voz enérgica, pero alterada, repitió a lo lejos:—¡Sí! ¡Sí!—. Era un anciano general, abuelo de un alumno del colegio. El niño parecía conmovido, como pueden estar los ángeles a la vista de las miserias humanas; movió tristemente la cabecita, cruzó las manos y prosiguió con la expresión de un querubín que mira a la tierra:

Ellos, ¡ingratos!, de pesarte llenan...
¿Seré yo también sordo a tu gemir?
¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,
No quiero goces que a mi Madre apenan,
¡No quiero ser así!