Por la puerta del príncipe salía un chorro de luz vivísima, que cortaba con un gran rectángulo las negras sombras del adoquinado; a su reflejo distinguíanse los centinelas, armas al brazo, a la puerta de sus garitas; gentes de medio pelo, soldados y criados de servicio, por ser aquel día domingo, poblaban los jardines, ya sentados, ya paseando; algunos grupos de chiquillos trasnochadores corrían de acá para allá con gran algazara, riéndose porque se caían, riéndose porque se levantaban, riendo siempre con esa alegría de la infancia, espontánea y comunicativa, que recuerda la alegría de los pájaros cuando saludan al alba. Una rueda de niñas gritaba al lado mismo de Velarde, cantando acompasadamente:
Luna, lunera,
Cascabelera,
Dame dos cuartos
Para pajuela...
Él, extraño a todo, con ambos codos apoyados en los muslos, dibujaba caprichosas figuras en la arena, con su elegante roten con puño de malaquita... Al amanecer del día siguiente debía de batirse con el director de La España con Honra; así se lo había exigido Currita, ávida siempre de ruido, confundiendo la voz de la celebridad con los gritos del escándalo, creyendo que aquel desafío había de colocar la única perla que faltaba a la corona merecida de su última escaramuza. En vano le hizo presente Velarde el ridículo inmenso que atraería aquel duelo sobre Villamelón, sobre ella, sobre él mismo; había ya Currita tirado su programa, y su espíritu inquieto, arrastrado siempre por mil objetos que le atraían sin satisfacerle, habíase fijado en aquel duelo que ansiaba ver realizado con esa fuerza expansiva del vapor comprimido que caracteriza los deseos en las almas de temple enérgico.
¿Acaso tenía ella la culpa de que Villamelón fuese un Juan Lanas?... ¿Iba a dejar ella que un periodistilla cualquiera se riese de su aislamiento?... ¿Sería capaz de abandonarla en aquel trance, él, su único amigo, el hombre en que había puesto su amistad y su confianza?... Y, por otra parte, la suerte de ambos estaba ligada y érales necesario, desde luego, hablar gordo a aquella gentuza: a ella, para que entendiesen de una vez para siempre que sabía hacerse respetar; a él, porque era muy joven, comenzaba su carrera en el mundo, y ningún paso más acertado, ningún exordio más oportuno que poner el pie en esta senda erizada de peligros, descalabrando a un periodista; que no en balde se ha dicho:
En aquesta salvaje y fiera liza,
Lleva más razón quien más atiza.
Además, ella no pedía ninguna catástrofe, ningún duelo a muerte; contentábase con un poco de ruido, un duelo de mojiganga como tantos otros: cruzar un par de tiros e irse después a almorzar en Fornos... Ella se encargaba del almuerzo y haría poner, desde luego, écrevisses à la Bordelaise, que era, en sus días de broma, el plato favorito del buen Juanito Velarde. ¿Acaso podía darse atención mas exquisita? ¿Por ventura había en todo aquello algo de particular?...
—¡Nada, absolutamente nada!—pensaba el paladín trazando monigotes en la arena; pero ante la perspectiva del duelo, ante la idea de cruzar un par de tiros, parecíale oír ya el estampido de las armas de fuego; y a este eco siniestro surgía en su mente el fantasma del crimen, primero; el de la muerte, después; el del infierno, por último, donde no hay reposo ni paz, ni descanso, ni esperanza, sino eterno llanto, eterno crujir de dientes, eterna rabia. Velarde quiso reírse de esta idea que había oído llamar tantas veces espantajo de niños y de viejas; mas la risa volteriana no encajaba entonces en sus labios, y se reía, sí, se reía, pero sintiendo al mismo tiempo en la raíz del pelo cierta especie de molesto escalofrío. Porque aquel hombre no era un malvado: era un pobre muchacho lleno de ilusiones a quien la vida del gran mundo se le subía a la cabeza, como se sube un vino de mucho cuerpo en un estómago acostumbrado sólo al agua. Al llegar de su provincia, trayendo por todo patrimonio algo semejante a lo que el antiguo fuero de Vizcaya asignaba a los segundones de casas nobles, un árbol, una teja y una armadura, encontróse de repente en medio de aquel brillante mundo, cuyas puertas le franqueaba su ilustre nombre, y parecióle entonces, como a Galo en Roma, que detrás de aquella asamblea de dioses nada había ya. Quiso entonces tomar en ella asiento por derecho propio, y la casualidad y su bonita figura le depararon a Currita, Angélica a la sazón vacante, a quien plugo darle en su casa el destino de Medoro. Diole esto gran importancia a Velarde, y agarrado a las faldas de Currita y a los faldones de Villamelón, fuese introduciendo en todos los salones de la corte, mientras se preparaba a entrar con algún brillante destino en aquel Palacio real que tenía delante, prefiriendo su vanidad y su haraganería la vida aparatosa del palaciego a la vida activa del político. Así se lo prometía Currita a todas horas, y así se lo había prometido la noche antes el marqués de Butrón, el astuto viejo que barría para dentro en los tiempos de desgracia, mientras no llegaba la hora de barrer para fuera, que sería seguramente la hora del triunfo.
Velarde dejó de mirar a la tierra para mirar al Palacio que tenía delante, morada del monarca cuyo secretario particular había estado a punto de ser... ¡Qué fastidio tener que esperar de nuevo tanto tiempo!... Porque preciso era que se fuese aquel y que viniese después el otro, y mientras tanto, ¿quién sabe?... ¡Quizá alguno de aquellos tiritos que iban a cruzarse vendría a hacer trizas el cántaro de la lechera que Currita y Butrón le ayudaban a fabricar!...
De repente vino a interrumpir sus reflexiones un vozarrón juvenil que resonaba a su lado, modulando entre sus discordantes notas todas las delicadezas del cariño y la ternura.
—Pero ajonde usted, madre—decía—. ¡Si es que no coge usted náa!...