—Cinco... y dos excelencias...

—Digo... ¿Cinco premios y todavía lloras?...

El niño no contestó; bajó la cabeza como avergonzado, y de nuevo corrieron sus lágrimas.

—Pero, ¿qué tienes, hijo?—insistió la señora—. ¿Estás malo?... ¿Por qué lloras?

Un inmenso desconsuelo, que desgarraba el alma en aquella carita de ángel, se pintó en las facciones del niño; con los dientecillos apretados y los ojos rebosando lágrimas y amarguras, contestó al cabo:

—Porque estoy solo. Mi mamá no ha venido. ¡Nadie ha visto mis premios!...

La señora pareció comprender toda la profunda amargura que encerraba aquel sencillo lamento. Saltáronsele las lágrimas, y mientras con una mano acariciaba la rubia cabeza del niño, apretaba con la otra contra su seno la de su hijo, como si temiese que pudiera faltarle alguna vez aquel blando regazo.

—¡Ángel de Dios!—decía al mismo tiempo—. ¡Pobrecito mío!... Tú mamá no habrá podido venir; estará fuera, sin duda... ¿Cómo se llama?...

—La condesa de Albornoz—respondió el niño.