El tío Frasquito no cayó en la cuenta de que, según aquellos datos, debió de haber asistido seis años antes de su nacimiento a los saraos de la duquesa de Benavente, y prosiguió enumerando a los ministros restantes: ¡Echegaray, Beranger y Becerra!... ¡Santo Dios!... Si esto era para España la coz del asno; y aquellos enanillos de gorro frigio, encadenando al león de Castilla, recordaban aquella grandiosa imagen:

Ce grand peuple espagnol, aux membres enervés,
Expire dans cet antre ou son sort le termine,
Triste comme un lion rongé par la vermine!

¡Y qué chistosamente cursis resultaban siempre aquellos demócratas!... ¿Pues no se les había ocurrido lo primero ir a darle una serenata al interesantísimo don Emilio tocando la Marsellesa?...

¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira...
Celui que s'élève on l'abaissera.
Celui que s'abaisse on l'élèvera.
¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira...

—¡Qué delicia!—exclamó Currita—. ¿Y no les echó él un discursito?

—¡Ya lo creo!... Desde el balcón, como cantaba la Nilson en Viena; y luego obsequió a la concurrencia con carramelos y cigarritos...

—¡Qué monada!... De seguro que este invierno tendrá recepciones.

—¡Sí! Para los ciudadanos sans culottes.

—¡Polaina!—exclamó Diógenes—. En cuanto cuelgue un jamón en la puerta, tiene allí a Madrid entero, y tú, Curra, irás la primera.

Azoróse el tío Frasquito al oír la voz de Diógenes, y temiendo algunos de sus amagos de intempestivo cariño, fuese escurriendo con disimulo, soltando casi a media voz su última noticia. Anunciaba también el telégrafo que don Carlos había entrado en España por Zugarramurdi, y que aprovechando sus parciales aquella confusión, aprestábanse a hacer un supremo esfuerzo para apoderarse de la corte.