do queden rotos, muertos o perdidos.»
Luego como acabó el razonamiento,
el Moro, en tales casos sabio y viejo,
los brazos le echa al cuello con contento,
agradeciendo mucho aquel consejo,
y manda que se apreste en un momento
para la guerra el bélico aparejo,
porque así al Portugués se le tornase
en sangre roja el agua que buscase.
Y más para el engaño maquinado,