»Lo que habemos de procurar es no dar causa á que con razón nos blasfemen. ¡Cuánto será más digno de blasfemia si las que sois llamadas sacerdotes de honestidad salís vestidas y pintadas como las deshonestas se visten y afeitan, ó que más hacen aquellas miserables que se sacrifican al público deleite y al vicio, á las cuales, si antiguamente las leyes las apartaron de las matronas y de los trajes que las matronas usaban, ya la maldad deste siglo, que siempre crece, las ha igualado en esto con las honestas mujeres, de manera que no se pueden reconocer sin error! Verdad es que las que se afeitan como ellas, poco se diferencian dellas; verdad es que los afeites de la cara, las escrituras nos dicen que andan siempre con el cuerpo burdel[110], como debidos á él y como sus allegados. Que aquella poderosa ciudad, de quien se dice[111] que preside sobre siete montes, y quien mereció que la llamase ramera Dios, ¿con qué traje, veamos, corresponde á su nombre? En carmesí se asienta sin duda, y en púrpura y en oro y en piedras preciosas, que son cosas malditas, y sin que pintada ser no pudo la que es ramera maldita. La Thamar, porque se engalanó y se pintó, por eso á la sospecha de Judas fué tenida por mujer que vendía su cuerpo[112]; y como la encubría el rebozo, y como el aderezo daba á entender ser ramera, hizo que la tuviese por tal; quísola y recuestóla, y puso su concierto con ella. De adonde aprendemos que conviene en todas maneras cortar el camino aun á lo que hace mala sospecha de nosotros. Que ¿por qué la entereza del ánima casta ha de querer ser manchada con la sospecha ajena? ¿Por qué se esperará de vos lo que huís como la muerte? ¿Por qué mi traje no publicará mis costumbres, para que, por lo que el traje dice, no ponga llaga la torpeza en el alma, y para que pueda ser tenida por honesta la que desama el ser deshonesta? Mas dirá por caso alguna: No tengo necesidad de satisfacer á los hombres, ni busco el ser aprobada dellos; «Dios es el que ve el corazón[113].» Todos sabemos eso, mas también nos acordamos de lo que él mismo por su Apóstol escribe: «Vean los hombres que vives bien[114].» Y ¿para qué, sino para que la mala sospecha no os toque, y para que seáis buen ejemplo á los malos, y ellos os den testimonio? Ó ¿qué es, si esto no es? Resplandezcan vuestras buenas obras; ó ¿para qué nos llama el Señor luz de la tierra[115]? ¿Para qué nos compara á ciudad puesta en el monte, si nos sumimos y lucir no queremos en las tinieblas? Si abscondiéredes debajo del celemín la candela de vuestra virtud, forzoso será quedaros á escuras, y de fuerza estropezarán en vosotras diversas gentes.
»Las obras de buen ejemplo, estas son las que nos hacen lumbreras del mundo; que el bien entero y cabal no apetece lo escuro, antes se goza en ser visto, y en ser demostrado se alegra. Á la castidad cristiana no le basta ser casta, sino parecer también que lo es; porque ha de ser tan cumplida, que del ánima mane al vestido, y del secreto de la conciencia salga á la sobrehaz para que se vean sus alhajas de fuera, y sean cual convienen ser para conservar perpetuamente la fe.
»Porque conviene mucho que desechemos los regalos muelles, porque su blandura y demasía excesiva afeminan la fortaleza de la fe y la enflaquecen. Que cierto no sé yo si la mano acostumbrada á vestirse del guante sufrirá pasmarse con la dureza de la cadena, ni sé si la pierna hecha al calzado bordado consentirá que el cepo la estreche. Temo mucho que el cuello embarazado con los lazos de las esmeraldas y perlas no dé lugar á la espada. Por lo cual, benditas, ensayémonos en lo más áspero, y no sentiremos. Dejemos lo apacible y alegre, y luego nos dejará su deseo. Estemos aprestadas para cualquier suceso duro, sin tener cosa que temamos perder; que estas cosas ligaduras son que detienen nuestra esperanza. Desechemos las galas del suelo si deseamos las celestiales. No améis el oro, que fué materia del primer pecado del pueblo de Dios[116]. Obligadas estáis á aborrecer lo que fué perdición de aquella gente; lo que apartándose de Dios, adoró; y aun ya desde entonces el oro es yesca del fuego. Las sienes y frentes de los cristianos en todo tiempo, y en este principalmente, no el oro, sino el hierro, las traspasa y enclava. Las estolas del martirio nos están prestas y á punto. Los ángeles las tienen en las manos para vestírnoslas. Salid, salid aderezadas con los afeites y con los trajes vistosos de los apóstoles. Poneos el blanco de la sencillez, el colorado de la honestidad; alcoholad con la vergüenza los ojos, y con el espíritu modesto y callado. En las orejas poned como arracadas las palabras de Dios. Añudad á vuestros cuellos el yugo de Cristo. Subjetad á vuestros maridos vuestras cabezas, y quedaréis así bien hermosas. Ocupad vuestras manos con la lana, enclavad en vuestra casa los pies, y agradarán más así que si los cercásedes de oro. Vestid seda de bondad, holanda de santidad, púrpura de castidad y pureza, que afeitadas desta manera, será vuestro enamorado el Señor.» Esto es el Tertuliano.
Mas no son necesarios los arroyos, pues tenemos la voz del Espíritu Santo, que por la boca de sus apóstoles San Pedro y San Pablo condena este mal clara y abiertamente. Dice San Pedro[117]:
«Las mujeres estén sujetas á sus maridos, las cuales ni traigan por defuera descubiertos los cabellos, ni se cerquen de oro, ni se adornen con aderezo de vestiduras preciosas, sino su aderezo sea en el hombre interior, que está en el corazón escondido. La entereza y el espíritu quieto y modesto, el cual es de precio en los ojos de Dios; que desta manera en otro tiempo se aderezaban aquellas santas mujeres.»
Y San Pablo escribe semejantemente[118]: «Las mujeres se vistan decentemente, y su aderezo sea modesto y templado, sin cabellos encrespados y sin oro y perlas, y sin vestiduras preciosas, sino cual conviene á las mujeres que han profesado virtud y buenas obras.»
Este, pues, sea su verdadero aderezo, y para lo que toca á la cara, hagan como hacía alguna señora deste reino. Tiendan las manos y reciban en ellas el agua sacada de la tinaja, que con el aguamanil su sirvienta les echare, y llévenla al rostro, y tomen parte della en la boca y laven las encías, y tornen los dedos por los ojos y llévenlos por los oídos, y detrás de los oídos también, y hasta que todo el rostro quede limpio no cesen, y después, dejando el agua, límpiese con un paño áspero, y queden así más hermosas que el sol. Añade: