Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo, se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son, por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural, de nosotros, primero; en seguida, de los demás.

Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel peligroso cargamento.

No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los demás no escucharon, pero adivinaron.

El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza, sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que atenuaba la burla:

—¡No sea usted tonto!...

Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de nuevo sobre el asunto.

La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.

Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes, el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de cerca:

—¿Qué hay?

Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano; movimientos rusos sin importancia.