Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su desfallecimiento.
Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo, como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que, recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi, erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de claro-obscuro.—La «Libertad iluminando el mundo»—pensé, repitiendo el nombre del célebre y artístico faro.
Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad. Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una ciudad de sombra.
Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina, perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso.
EL DELIRIO DE «WALL STREET»
LLEGAMOS al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla, gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar un poco de las monótonas cien horas de mar en calma.
Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita, admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos, de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del otro, las lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente, silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo, simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida.
Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle, obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un extenso cuadro simétrico y uniforme:—la simetría es quizás una característica de la estética de este pueblo—. Casas semejantes; casas iguales; no varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia vía, me señala una ruta: «Wall St».