Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del Entierro del Conde de Orgaz.

* * *

Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes Saavedra.

Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar por ahí de La Ilustre Fregona?...

FIN