10 diciembre 1892


CAPÍTULO PRIMERO

LA FÁBRICA DE BERNAREGUI

Era doña Bernarda Bonet, mujer que frisaba en los cincuenta años, de morenas y apretadas carnes, de complexión robusta, de carácter agrio, de palabras secas y desabridas, y de corto y revesado entendimiento. Sabía comprender todas las cuestiones propias ó extrañas que se sujetaban á su criterio por el lado más ilógico é irracional; y todos sus actos, como consecuencia natural de tales premisas, eran casi siempre los menos acertados en la marcha normal de su existencia. No había sido en su juventud ni más fea ni más bonita que en su edad madura, y si hemos de creer á cuantos la habían conocido desde sus primeros años, siempre había sido igual; diríase que había nacido de cincuenta años, con el mismo vestido de merino negro, el mismo delantal de cuadros azules y blancos, el mismo pelo pegado á las sienes y el mismo gesto de vinagre. Huérfana casi desde su infancia, siempre había vivido con su hermano Benito, hombre de bonísima pasta á quien conoceremos dentro de poco; y en honor de los dos hermanos debemos decir que se querían entrañablemente y que su conducta moral pública y privada podía servir de ejemplo y de modelo á la clase social á que pertenecían.

Nunca se supo de doña Bernarda si había aspirado en su juventud á los dulces y legales placeres del matrimonio; pero en su calidad de mujer es muy probable que así hubiera sucedido. Sea porque su desabrido carácter hubiera alejado á los pretendientes, ó porque su adocenada y ancha figura no hubiera inspirado simpatías, ó también porque su género de vida la apartaba de fiestas públicas y de recreaciones caseras, ello es que habían transcurrido los años sin que un mal noviazgo ni un ligero proyecto matrimonial hubieran venido á romper la monótona soltería de doña Bernarda. Esto era lo que la opinión pública sabía de sus asuntos; pero en el fondo del corazón de la solterona, y sin que nadie pudiera sospecharlo, había un drama, y un drama terrible, desarrollado en el misterio, en la soledad y en el fuero impenetrable de la conciencia.

Où le terrible va t’il se nicher?

Eso dijo el poeta y eso creen los satíricos; pero en la práctica de la vida vemos continuamente tragedias y crímenes de que son autores ó protagonistas seres vulgares y tontos de capirote. La prosaica, la robusta, la vulgarísima doña Bernarda tenía su drama correspondiente. Por sainete le juzgaría quizá el mundo si le hubiera conocido, pero para ella drama era, y drama fatalista, drama viviente, drama sentimental y hasta filosófico. Desentrañemos su pensamiento y ofrezcámosele como espectáculo á nuestros lectores.

La escena pasa en el corazón de doña Bernarda. ¡Pobre doña Bernarda! En la escena no hay muebles de ningún género, ni puertas públicas ni secretas, ni siquiera una mala ventana. La escena está completamente á obscuras; de pronto entra, recatándose, un personaje...: á la tenue claridad del crepúsculo vespertino parece un hombre: no habla una palabra; no hace más que pasearse y mirar al cielo de cuando en cuando. Y entra y sale y vuelve á entrar y vuelve á salir, y repite esta situación durante cinco actos. Al final se va para siempre y no vuelve más: cae el telón y se acaba el drama. Ni Shakespeare ni Calderón pueden imaginar tragedia más terrible. ¡Pobre doña Bernarda!