Mir.

Deseo, ya podeis ver
Lo que nos puede seguir,
Si vos n’os dejais regir,
Yo no me podré valer.

Des.

¿Y qué seso bastará?
Quien tal dama mirará,
Que se pueda regir más,
Pues que tú mirado la has,
Quien la vió la deseará.

Calla, pues,
Que amor pasa todo arnes,
Si con esta dama mata,
Nombrada Margarimata,
Que en su nombre está quien es.

Pues nombraste la dama que has nombrado, no se puede excusar el desear que hasta agora t’he rogado; hícelo porque mostrases la razon que tengo yo de siempre ser de quien yo so; y así deseo lo que tú deseas, nunca estar en libertad, que pueda tener deseos sino de servir á la señora que serle su servidor hace ser muy gran señor. Alargó la mano, y el agua se le dió, y Cupido le habló desta manera: Miraflor de Milan, si yo te he dejado beber del agua desta fuente del Deseo, ha sido porque el Cupido que yo represento me aparesció esta mañana, y me dixo que no te negase el agua del Deseo, pues deseas en los amores para merescer favores, y que no te niegue cuanto me pedirás, pues tan bien deseado has. Toma esta carta que me dió para tí, y mira lo que mandas de mí. Con lacato que se toma una carta real la tomé y le sopliqué me dixese por qué habia negado el agua en dia que nos mostró con su invincion que á ninguno enojaria; respondióme: Por probar de paciencia, que mucho se contenta amor de bien sufrido amador. Agora yo la daré, que á buen sufrir se le debe sin pedir.

Todos bebieron con gran placer desta agua que tan buen sabor tenía, como el efecto que hacia; el Duque y la Reina quisieron saber quién yo era, yo respondí: Mi nombre traigo por mote; dixéronme: ¿Luego vos debeis ser aquel Miraflor de Milan que nos hizo publicar con el rey darmas el cartel de la aventura del monte Ida, donde vos os hallasteis muy favorecido de Cupido? quitéme el disfraz y dixe: Yo soy quien siempre fué muy gran servidor de vuestra alteza y su excelencia. Rieron mucho de mi arreboz tan disimulado, que buen engañar no enoja al engañado; mandáronme que leyese la carta, yo dixe: Quien me la dió debe saber si en público se ha de leer, dársela quiero, y él la tomó, y á todos la carta leyó, que ansí decia:

Buen amador con quien amor recrea,
No l’amador por quien fuí ahorcado,
Deten la fiesta, que yo te he mandado,
Del monte Ida, porque yo la vea.

Mandamos esta carta que se lea
Para mostrar lo que he determinado,
Que por mi mano seas muy honrado,
Porque mejor de tus manos lo sea.
Yo llevaré mi madre en compañía,
Y ella dará jornada d’este dia.

Las damas que tenian amenazado á don Miguel Fernandez vinieron todas juntas contra él, y dixéronle que se pusiese en punto de guerra, que le querian dar la batalla que tenía aplazada, y fué de mujeres á maridos, porque fueron valederos d’él, y ellas de la señora doña Ana, su mujer, y por excusar prolijidad en esta escaramuza, serán señalados los caballeros, cuando hablan, con una C., y las damas con una D., y comenzó la señora doña Ana Mercader: