Y levantando a los techos de los edificios, por arte diabólica, lo hojaldrado[129], se descubrió la carne del pastelón de Madrid como entonces estaba, patentemente, que por el mucho calor estivo estaba con menos celosías, y tanta variedad de sabandijas racionales en esta arca del mundo, que la del diluvio, comparada con ella, fué de capas y gorras.
TRANCO II
Quedó don Cleofás absorto en aquella pepitoria[130] humana de tanta diversidad de manos, pies y cabezas, y haciendo grandes admiraciones, dijo:
—¿Es posible que para tantos hombres, mujeres y niños hay[131] lienzo para colchones, sábanas y camisas? Déjame que me asombre que entre las grandezas de la Providencia divina no sea ésta la menor.
Entonces el Cojuelo, previniéndole, le dijo:
—Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura. Mira allí primeramente cómo están sentados muchos caballeros y señores a una mesa opulentísima, acabando una media noche[132]; que eso les han quitado a los relojes no más.
Don Cleofás le dijo:
—Todas esas caras conozco; pero sus bolsas no, si no es para servillas[133].
—Hanse pasado a los estranjeros, porque las trataban muy mal estos príncipes cristianos—dijo el Cojuelo—, y se han quedado, con las caponas[134], sin ejercicio.