—Dios les inspire—dijo don Cleofás—lo que más convenga a su regimiento, como la cristiandad de los regidores ha menester.

—En acabando de tomar el señor regidor—dijo el Cojuelo—el agua del don, espera allí un italiano hacer lo mismo con un elefante que ha traído a enseñar a la puerta del Sol.

—Los más suelen llamarse—dijo el Estudiante—don Pedros, don Juanes y don Alonsos. No sé cómo ha tenido tanto descuido su ayo o naire, como lo llaman los de la India Oriental; plebeyo debía de ser este animal, pues ha llegado tan tarde al don. Vive Dios que me le he de quitar yo, porque me desbautizan y desdonan los que veo.

—Sígueme—dijo el Cojuelo—, y no te amohines; que bien sabe el don dónde está; que se te ha caído en el Cleofás como la sopa en la miel.

Con esto, salieron del soñado (al parecer) edificio, y enfrente dél descubrieron otro, cuya portada estaba pintada de sonajas, guitarras, gaitas zamoranas, cencerros, cascabeles, ginebras[217], caracoles, castrapuercos[218], pandorga prodigiosa de la vida, y preguntó don Cleofás a su amigo qué casa era aquella que mostraba en la portada tanta variedad de instrumentos vulgares[219],—que tampoco la he visto en la Corte, y me parece que hay dentro mucho regocijo y entretinimiento.

—Esta es la casa de los locos—respondió el Cojuelo—que ha poco que se instituyó en la Corte, entre unas obras pías que dejó un hombre muy rico y muy cuerdo, donde se castigan y curan locuras que hasta agora no lo habían parecido.

—Entremos dentro—dijo don Cleofás—por aquel postiguillo que está abierto, y veamos esta novedad de locos.

Y, diciendo y haciendo, se entraron los dos, uno tras otro; pasando un zaguán, donde estaban algunos de los convalecientes pidiendo limosna para los que estaban furiosos, llegaron a un patio cuadrado, cercado de celdas pequeñas por arriba y por abajo, que cada una dellas ocupaba un personaje de los susodichos. A la puerta de una dellas estaba un hombre, muy bien tratado de vestido, escribiendo sobre la rodilla y sentado sobre una banqueta, sin levantar los ojos del papel, y se había sacado uno con la pluma sin sentillo. El Cojuelo le dijo:

—Aquél es un loco arbitrista[220] que ha dado en decir que ha de hacer la reducción de los cuartos, y ha escrito sobre ello más hojas de papel que tuvo el pleito de don Alvaro de Luna.

—Bien haya quien le trujo a esta casa—dijo don Cleofás—; que son los locos más perjudiciales de la república.