—¿Qué calle es ésta, que me ha admirado más que cuantas he visto, y me pudiera obligar a hablar más espiritualmente que con lo primero de que tú te admiraste?

—Ésta es más temporal y del siglo que ninguna—le respondió el Cojuelo—, y la más necesaria, porque es la ropería de los agüelos, donde[229] cualquiera, para todos los actos positivos[230] que se le ofrece y se quiere vestir de un agüelo, porque el suyo no le viene bien, o está traído, se viene aquí, y por su dinero escoge el que le está más a propósito. Mira allí aquel caballero torzuelo[231] cómo se está probando una agüela que ha menester, y esotro, hijo de quien él quisiere, se está vistiendo otro agüelo, y le viene largo de talle. Esotro más abajo da por otro agüelo el suyo, y dineros encima, y no se acaba de concertar, porque le tiene más de costa al sacristán, que es el ropero. Otro, a esotra parte, llega a volver un agüelo suyo de dentro afuera y de atrás adelante, y a tremendallo con la agüela de otro. Otro viene allí con la justicia a hacer que le vuelvan un agüelo que le habían hurtado, y le ha hallado colgado en la ropería. Si hubieres menester algún agüelo o agüela para algún crédito de tu calidad, a tiempo estamos, don Cleofás Leandro; que yo tengo aquí un ropero amigo que desnuda los difuntos la primera noche que los entierran, y nos le fiará por el tiempo que quisieres.

—Dineros he menester yo; que agüelos no—respondió el Estudiante—: con los míos me haga Dios bien[232]; que me han dicho mis padres que deciendo de Leandro el animoso, el que pasaba el mar de Abido

«en amoroso fuego todo ardiendo»[233],

y tengo mi ejecutoria en las obras sueltas de Boscán y Garcilaso[234].

—Contra hidalguía en verso—dijo el Diablillo—no hay olvido ni chancillería que baste, ni hay más que desear en el mundo que ser hidalgo en consonantes.

—Si a mí me hicieran merced[235]—prosiguió don Cleofás—, entre Salicio y Nemoroso[236] se habían de hacer mis diligencias, que no me habían de costar cien reales; que allí tengo mi Montaña, mi Galicia, mi Vizcaya y mis Asturias[237].

—Dejemos vanidades agora—dijo el Cojuelo—: que ya sé que eres muy bien nacido en verso y en prosa, y vamos en busca de un figón, a almorzar y descansar, que bien lo habrás menester por lo trasnochado y madrugado, y después proseguiremos nuestras aventuras.


TRANCO IV