Entonces el Marqués[581], metiendo las manos en los chapines, dijo:

—¿Por qué hemos de consentir que no contradiga el Duque que lleve preso un alguacil a un pobrete como el Cojuelo? ¡Por vida de la Marquesa[582] que no lo ha de llevar!

Y haciéndose los demás pobres y pobras de su parte, y apagando las luces, comenzaron con los asientos y con las muletas y bordones a zamarrealle a él y a sus corchetes a escuras, tocándoles los ciegos la gaita zamorana y los demás instrumentos, a cuyo son no se oían los unos a los otros, acabando la culebra[583] con el día y con desaparecerse los apaleados.


TRANCO X

En este tiempo llegaban a Gradas[584] su camarada y don Cleofás[585], tratando de mudarse de aquella posada, porque ya tenía rastro dellos Cienllamas, cuando vieron entrar por la posta, tras un postillón, dos caballeros soldados vestidos a la moda, y díjole el Cojuelo a don Cleofás.

—Estos van a tomar posada y apearse a Caldebayona[586] o a la Pajería[587], y es tu dama y el soldado que viene en su compañía, que, por acabar más presto la jornada, dejaron la litera y tomaron postas.

—¡Juro a Dios—dijo don Cleofás—que lo he de ir a matar antes que se apee, y a cortalle las piernas[588] a doña Tomasa!

Sin riesgo tuyo se hará todo eso—dijo el Cojuelo—, ni sin tanta demostración pública: gobiérnate por mí agora; que yo te dejaré satisfecho.

—Con eso me has templado—dijo don Cleofás—; que estaba loco de celos.