«... hidalgo, pero no rico:
maldición del siglo nuestro;
que parece que ser pobre
al ser hidalgo está anexo.»
[6] En 1902 envié desde Sevilla copia literal del acta de este grado a don Felipe Pérez y González, en cuyo citado libro, págs. 132 y siguientes, puede leerla el curioso.
[7] Las bodas de los Católicos Reyes de España don Felipe III y doña Margarita de Austria, celebradas en la insigne ciudad de Valencia. Por Luis Vélez de Santander. Sevilla, 1599.
[8] En uno de los reimpresos por mí (Cinco poesías autobiográficas de Luis Vélez de Guevara. Madrid, 1908, pág. 11):
«Esto es cuanto al Archiduque;
cuanto a marciales papeles
de servicios de seis años,
escuchadme atentamente.
Si busca Antonio de Losa
soldados que a hablaros entren,
que no sin causa el aplauso
vuestro su atención merece,
Saboya me vió y Milán;
en los años diez y siete
de mi edad, medié la pica
al grabado peto fuerte(a),
con el tercio de Bretaña,
siguiendo al Conde de Fuentes
desde Baya de Zahona,
por ambiciones de nieve,
hasta que, treguas haciendo
con Saboya los franceses,
pasé a Nápoles, de donde
a buscar en sus bajeles
la caravana salí
por todo el mar del Oriente,
con don Pedro de Toledo,
rayo español de Berzeli.
De plomo, como de gorra,
nos saludamos mil veces
las turquescas escopetas
con los cristianos mosquetes,
descubrimos las montañas
de la provincia que tiene
el obelisco de Dios
en prisión irreverente,
hasta que el heroico brazo
vuestro a rescatar se llegue,
para que el número diez
acrecentéis a los Nueve,
y en la primera jornada
de Argel fué mi coselete,
espejo al sol, que, Narciso,
por mi se negó a las fuentes,
llegando a Valladolid
la misma noche del viernes
que, para dicha del mundo,
vos nacéis y Cristo muere.»
(a) Como veremos en seguida, no tenía diez y siete, sino veintiún años, cuando dejó su plaza de paje. Trascordóse, pues, Vélez, o, lo que más creo, le hizo escribir diez y siete la fuerza del asonante.
[9] En pleito promovido por don Jerónimo de Leyva en abril de 1604 ante el Provisor general del arzobispado de Sevilla, con motivo de haber presentado don Francisco de Acuña, canónigo de aquella Santa Iglesia, unas letras del Auditor de la Cámara de Su Santidad, por las cuales le subdelegaba plenariamente sus veces para averiguar si don Alonso de Ulloa había sido criado del cardenal don Rodrigo de Castro, declararon a tenor de cierto interrogatorio diversos testigos, entre ellos Luis Vélez de Santander, o sea nuestro Vélez de Guevara, y Lope de Vega Carpio. Mi querido amigo el docto cervantista don Adolfo Rodríguez Jurado, que halló este pleito, sacó a la luz pública la interesante declaración de Lope en el Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras (septiembre de 1917), y me ha favorecido copiando para mí la declaración de Vélez, por la cual se viene en conocimiento de algunas cosas muy importantes para su biografía. Dijo «que es de hedad de veynte y cinco años poco más o menos», y respondiendo a la pregunta primera, que «conoció al Ilmo. don Rodrigo de Castro, arçobispo que fue de Sevilla, por queste testigo le sirvio de paje quatro años, que el postrero fue en el que murio el dicho cardenal, porque dos meses antes que muriera salió este testigo del su servicio....» A la segunda: «que sabe que el dicho don alonso de ulloa murió en la ciudad de toro por el mes de agosto del año pasado de seiscientos e tres, y este testigo le vido en valladolid quince días o veynte antes que muriese....» Y a la sexta: «queste testigo fue con el dicho cardenal a la dicha jornada de madrid, valencia y binaros, donde también fué el dicho don alonso de ulloa....»
[10] Añadió al Vélez el Guevara y omitió el apellido materno, bien que en Écija siguieron llamándole Vélez de Dueñas, como a su padre. En 1630, año en que escribía el licenciado Andrés Florindo su Addicion al libro de Eciia y svs grandezas (Sevilla, Luis Estupiñán, 1631), aún le nombraba así (fol. 4): «Otro insigne Cavallero desta Ciudad, de excelente ingenio, mui universal en todas historias (otro don Alonso de Ercilla, o Luis Vélez de Dueñas)....»
[11] Como nota el señor Cotarelo, Vélez de Guevara siempre hizo caso omiso de este primer matrimonio, al cual tampoco se refirió su hijo don Juan en la carta dirigida a Pellicer que publicó el señor Paz y Melia; pero en la canción que Salcedo Coronel dedicó a la muerte de nuestro poeta (Cristales de Helicona, Madrid, Diego Díaz de la Carrera, 1649-1650, folio 31 vto.) hay una tan clara y circunstanciada alusión a este enlace, que no sé cómo se desvirtúe:
«Coronado de aplausos y victorias
volviste a España, que fiel previno
en agradables lazos de Himeneo
refrenar la inquietud de tu destino.
Ingrato el esplendor a tus memorias
ardió en las teas que encendió el deseo,
y entre infaustos gemidos sin aseo,
al tálamo condujo temerosa
pronuba Juno a tu querida esposa,
que en dulce nudo apenas
se vió a tu firme voluntad unida,
cuando, de acerbo golpe interrumpida,
sulcó estigias arenas:
Eurídice feliz fuera, si el llanto
no impidiera la fuerza de tu canto.»