—Harto me holgara yo—respondieron[86] de la redoma—que entrara uno de la Santa Inquisición, para que, metiéndole a él en otra de cal y canto, me sacara a mí desta jaula de papagayos de piedra azufre. Pero tú has llegado a tiempo que me puedes rescatar, porque este a cuyos conjuros estoy asistiendo me tiene ocioso, sin emplearme en nada, siendo yo el espíritu más travieso del infierno.

Don Cleofás, espumando valor, prerrogativa de estudiante de Alcalá, le dijo:

—¿Eres demonio plebeyo, u de los de nombre?

—Y de gran nombre—le repitió el vidro endemoniado—, y el más celebrado en entrambos mundos.

—¿Eres Lucifer?—le repitió don Cleofás.

—Ése es demonio de dueñas y escuderos—le respondió la voz.

—¿Eres Satanás?—prosiguió el Estudiante.

—Ése es demonio de sastres y carniceros—volvió la voz a repetille.

—¿Eres Bercebú?—volvió a preguntalle don Cleofás.

Y la voz a respondelle: