El modo de ser íntimo de nuestras masas populares, de las que el indio aymara-khechua es su representante más genuino, es, ciertamente, casi idéntico que el que caracteriza al mestizo y aun al criollo, porque sobre la mente del indígena mismo está moldeada la de los otros componentes de nuestra población nativa. Oh sí, esas creencias y supersticiones, harto primitivas o pueriles, forman también el fondo de reserva de la economía mental boliviana, y dígase lo que se quiera en contrario, la clase media o la parte más considerable, aquella que forma el bloque de nuestro pueblo, participa de la religiosidad y moralidad del habitante originario de esta nacionalidad americana.
A veces en las clases que se reputan cultas, vemos con frecuencia subsistir esas mismas supersticiones, que no han podido aún desarraigarse, ni con el trato de los europeos civilizados. Las brujerías de un callahuaya impresionan todavía fuertemente a la dama más aristocrática y pesan bastante en el ánimo de la mayoría de nuestros uerajjochas, que visten levita y calan guantes. ¡Cuánta más fuerza sugestiva no deja de tener en el ignaro provinciano o en el poco letrado cholo!
Al reflexionar sobre el grado de atraso intelectual en que se ha quedado el infeliz indígena boliviano, cuyo patrimonio de ignorancia se ha mantenido casi el mismo desde los remotos tiempos pre-incaicos, ¡no sabemos qué de amargo desencanto y qué de mortificante desazón embarga nuestro sentimiento patrio! Hace sangrar el alma el percatarse de la triste condición en que yace la mentalidad de nuestros pobres compatriotas indios. Y, sin embargo, al examinar con cuidado las aptitudes mentales de los aymara-khechuas, se advierte que ellos son capaces de un alto desarrollo intelectual, conocedores como somos de su plasticidad cerebral adaptativa y de la elasticidad de su espíritu. En otra ocasión decíamos ya: «Nuestros indígenas, según lo comprueba la experiencia, no son refractarios al estudio, al perfeccionamiento moral, a la meditación y aun a exceder en condiciones iguales a las razas europeas mejor dotadas...» así es efectivamente, pero si hemos de conservar en su actual cristalización psíquica este infortunado elemento étnico de Bolivia, si nada hacemos por disolver en las aguas benéficas de la civilización esos valores brutos, que tornaríanse inmediatamente en solutos fértiles para esta tierra, digna de mejor suerte, el indio seguirá el mismo paria, salvaje, supersticioso, estúpido, feroz...
Indudablemente que la obra del doctor Paredes tiende también a hacer conocer a los poderes públicos, el estado religioso-social de la colectividad boliviana y a ese título es toda una revelación para los dirigentes de la cosa pública. En ello estriba así, su utilidad fundamental.
Como producción literaria acaso el último trabajo del autor, a quien prologamos, no ofrezca ni las bellezas retóricas que más agradan al gran público, ni los relumbrones de una afectada fraseología, pero en su sencillez ruda, en el desnudo candoroso con que descubre el sér moral de la masa gruesa de nuestro pueblo, no hace otra cosa que presentarse sincero y leal; en tal caso es como el anatómico, que diseca el cadáver de una virgen núbil y hermosa sin pararse en la descripción de sus morbideces y atractivos sexuales, opera con la indiferencia y frialdad del sabio.
El surco está abierto ya para otros. ¿Vendrán nuevos cultores que prosigan la tarea? ¡Quién sabe!
La Paz, agosto de 1920.
B. Díaz Romero.