En las noches prefiere alojarse y dormir en campo raso, al aire libre, tanto por hábito adquirido, como porque sus bestias aprovechen del pasto existente, siéndole indiferentes los rigores del clima y de la intemperie. Su sueño es ligero y despierta al ruido más débil. Antes de acostarse se encomienda al Huasa-Mallcu, señor de los caminos y desiertos, para que los ladrones no le roben. Al día siguiente, si algún animal se le ha perdido o extraviado durante la noche, por el rastro que dejan sus pisadas, por ténues que sean, lo encuentra con seguridad. Rara vez falla en sus investigaciones; para que tal cosa suceda, es necesario que el viajero sea novel y poco ejercitado en rastrear. Al indio avezado a los viajes, le basta el más ligero indicio para dar con su semoviente perdido: es un rastreador insigne. Le roban, sólo cuando se ha dormido, y ésto, atribuye a haber empleado el ladrón algún brujerío con él para adormecerlo y hacer que nada sienta. A su vez, los ladrones indígenas son muy astutos, ágiles, listos y ejercitados para el robo. Ellos prefieren, sustraer sin dar muerte a su dueño, al contrario de lo que hacen el mestizo blanco, que en más de los casos matan para robar.

La veterinaria indígena se reduce al empleo de la orina y el alcohol, puestos en fomento a las bestias, en los casos de hinchazón, o para lavarles la matadura, si ésta se ha abierto. Sin embargo, si el indio pudiera emplear todos los remedios posibles para sanar a sus animales lo haría con la mejor voluntad. En las mañanas, lo primero que hace, antes de volver a aparejarlos, es examinarles el lomo y la barriga y cuando encuentra alguna lastimadura siente un profundo pesar y se esmera en curarla. Es imposible que monte a su acémila por molido y cansado que esté, temeroso de maltratarla; sólo cabalga a la bestia agena. Cuando la suya se cansa, gustoso se echa a la espalda la carga, y la lleva hasta que se encuentre en posibilidad de conducirla de nuevo. Nunca castiga a los animales inofensivos, creyendo que quien, por maldad lo ejecuta, caerá en algunas desgracia.

Merced a ese inmenso cariño, el ganado lanar acrescienta en su poder. Apenas pare una llama u oveja, abriga a la cría, la coloca aún junto a su cuerpo para trasmitirle calor y sólo la aparta, cuando la vida del animalillo se halla salvada. Los mismos cuidados prodiga al ganado mayor que se enferma. La muerte de un cordero le hace sufrir mucho, y mayor es su pesar cuando se trata de un buey, o de un burro o acémila. La desesperación que experimenta entonces es superior a la causada por la muerte de un hijo.

Los indios esquilan el vellón de las llamas y corderos con el cuidado más exquisito, y cuando las llamas se encuentran en celo, realizan una fiesta ruidosa: mezclan a los machos con las hembras y les ayudan a introducir a éstas el miembro de aquellos.

Antecedentes tales pesan de sobra para que se hallen los aborígenes familiarizados con sus animales domésticos y aún salvajes, que viven en sus casas o en los campos. Triscan los corderillos junto a ellos, se les apegan y les siguen obedeciendo sus mandatos; el buey se hace manosear y uncir al yugo sin resistencia y el macho mañero o indómito les cede; el gallo canta a su lado, sin mostrarse uraño; las mismas viscachas tan ariscas para personas extrañas, cuando ellos andan cerca a sus madrigueras, no se espantan. Pero nada ama tanto el indio, en su simplicidad, como la naturaleza varia y libre, que le rodea. Lejos de las ciudades, albergado en casuchas miserables, ante montañas elevadas y erizadas de peñascos o cubiertas de nieves eternas, ante vastas y silenciosas llanuras y hondos valles, supone estar en su verdadero centro y vive contento. A la vista de las primeras flores, que en cada primavera, brotan en el campo y en sus sembrados, siente transportes y raptos vivos y profundos: su espíritu parece renacer con las plantas y vincularse más a la tierra, así como se entristece, cuando el invierno la amortaja y las heladas destruyen el tallo, hojas y botones de los vegetales. En los actos religiosos, el momento más solemne, se arrodilla, inclina la cara hasta pegar al suelo y lo besa con reverencia difícil de pintar, cual si para él no existiese otra deidad que la tierra. En los caminos, sigue su ruta contento; su alma se expansiona y gozoso da rienda suelta a los efluvios del inmenso amor que siente por todo lo que le rodea.

El indio idolatra la naturaleza, a la que considera como la divinidad suprema, porque cree que la Pacha-Mama encierra en su seno las fuerzas creadoras de vida, que las prodiga a quienes confían en ella. Aprovechado de las condescendencias y avidez precuniaria de los clérigos, la rinde culto haciendo celebrar Misas a los cerros, campos, terrazgos, frutos, casas, lagunas, ríos y al ganado, y oyéndolas con profunda devoción, en el concepto, de que en esos objetos visibles la está adorando.

IV

En sus viajes es imposible que el indio deje de encomendarse a su Achachila favorito, pidiéndole su protección. Cuando en el camino encuentra un peñasco o pedruzco, se aproxima a él y se destoca el sombrero, le saluda y reverencia, ofrendándole coca mascada que arroja sobre él y en seguida descansa a sus pies.

«Cosa muy usada era antiguamente, dice Arriaga, ahora no lo es menos, cuando suben algunas cuestas o cerros, o se cansan en el camino llegando a alguna piedra grande, que tienen ya señalada para este efecto, escupir sobre ella (y por esto llaman a esta piedra y a esta ceremonia Tocanca) coca o maíz mascado, otras veces dejan allí las ojotas, o calzado viejo, o la Huarakca o unas soguillas, o manojillos de jichhus o paja, o ponen otras piedras pequeñas encima, y con esto dicen, que se les quita el cansancio».[23]