El probable día en que el viajero debe llegar a su casa, es calculado por su familia, que va a su encuentro a la distancia de media legua, llevándole comida, chicha y aguardiente. Suele regirse para esto del anuncio de los sueños o del piar del chincol o pfichitanca.

El golpearse el codo involuntariamente es para ver a una persona querida después de mucho tiempo de separación.

El día de la llegada es siempre de alegría y embriaguez.

Concurren los parientes del viajero a darle la bienvenida y con este motivo se realiza una fiesta, llamada huiskju-jaraka o sea desate de sandalia[24], la que suele durar varios días.

La esposa del recién llegado manda de obsequio a las familias de los amigos y parientes de su esposo y de ella, un poco de las especies de comer o beber que aquel ha traído, rogándoles que le hagan el favor de aceptar ese pequeño regalo. Los favorecidos tienen en mucha cuenta esta atención y cuando llega el caso de corresponder lo hacen de la misma manera.

El indio y el mestizo no sienten hastío ni se enferman con los largos viajes; apenas cesan los festejos de su llegada, vuelve a sus tareas ordinarias como si no hubiesen experimentado ninguna fatiga; son andariegos insignes, y los viajes más penosos los consideran como caminatas y se ríen de los sufrimientos de los blancos que para realizarlos dificultan tanto y tantos preparativos hacen.

En las carreras de resistencia, el indio es invencible: cruza enormes distancias en pocas horas y llega a la meta sin estar rendido por el cansancio ni la sed.[25] Más de uno se hace acreedor, a que se le dirija el histórico dicho del Inca: que Tiay huanacu, siéntate huanaco, frase con la fué recibido, dice, en caso análogo, el mensajero que partiendo del Cuzco, llegó a la famosa y célebre capital de los kollas, en un tiempo relativamente corto, dando lugar a que el nombre del pueblo se cambie de Chucahara, en Tiahuanacu.


Capítulo VI
Desdoblamiento de la vida social