En los pueblos de provincia, los funcionarios indios acostumbran visitar a sus autoridades el martes de carnaval, llevándoles muchos obsequios y en seguida vestir al sub-prefecto y a su esposa, si la tuviera, o alguna otra mujer que le den por pareja, o al corregidor y a su compañera, con trajes indígenas y sacarlos a la plaza a bailar con ellos, en correspondencia a las atenciones y servicios que le han prestado durante el año.

En muchos pueblos se llevan a cabo carreras de caballos el miércoles de ceniza, en las que arrancan sortijas y concluyen la diversión colocando un gallo vivo en reemplazo de la sortija, el que es disputado por los más diestros ginetes, colmándose de aplausos al que a toda carrera de su caballería se lleva consigo el bípedo, y después finalizan el día guerreándose entusiastas con peras y duraznos.

En la generalidad de los pueblos se despide el carnaval la tarde del domingo de tentación, haciendo que un grupo de personas disfrazadas de viejos, encorbados y con inmensas jibas conduzcan guitarras e instrumentos músicos destemplados, botellas vacías y vasijas rotas y se dirigen a las afueras de la población, en medio de un bullicio ensordecedor, gritos, vociferaciones de muchachos y personas alegres, o que exteriorizan su contento a voces y allí, en el sitio de costumbre, descarguen los objetos, templen las guitarras y acompañándolas con los otros instrumentos, hagan oír aires nacionales, y dancen contentos, interrumpiéndose sólo cuando tienen que servirse copas de algún licor embriagador, lo que se repite a menudo. Momentos después resuenan carcajadas frenéticas, crece el clamoreo, los bailes se suceden unos a otros y en el auge de la fiesta asalta a alguno la idea de que este carnaval será tal vez el último que pase, porque presiente su muerte. La idea se propaga. Los ánimos se ponen sombríos porque todos se ponen en el mismo trance: la risa se paraliza en los labios de muchos; se acuerdan de sus sufrimientos; pugnan por salir las lágrimas de los ojos y terminan algunos por llorar.

En las mayores diversiones del indio, del cholo y del mestizo, apenas se marean, nunca faltan los ayes de pesar, arrancados por el recuerdo de su vida miserable o de sus desgracias. En su naturaleza está ese algo tierno, triste, intensamente agriado y lastimado por los hombres y las cosas, que de súbito rompe con el olvido y se abre camino y nublando sus horas de regocijo estalla en sollozos. El Momo indígena es llorón. La mueca del dolor, condensación de honda amargura de siglos de sufrimiento, no desaparece por completo de su rostro risueño por grande que sea su alegría.

III

La noche del viernes santo, es costumbre hurtar alguna especie o llevarse a la joven con quien se tiene compromisos de amor. Este acto llamado khuespicha, que quiere decir despojo o liberación, es una práctica que los indios la han tenido desde una época inmemorial, y que la han seguido ejecutando después de la conquista española, con la circunstancia de haber buscado para efectuarla la noche del viernes santo, en que suponen muerto a Cristo. Esta combinación de la fiesta pagana del indio con la celebrada por la iglesia a la muerte del Salvador, ha debido ser obra de algún indio hábil que supo encubrir sus verdaderos alcances con preocupaciones cristianas.

El indio cuando algo pierde en aquella noche, ni se molesta ni lo busca, se conforma con lo sucedido: me han khespiado, repite y culpa a su falta de pericia y cuidado el haber sido víctima de otro más listo que él.

Esa noche, sabe ya que deben sustraerle y de antemano se halla en vela, no desprendiendo la vista de sus cosas ni de sus hijas, si las tiene crecidas. Es una lucha entre el propietario y padre con el que intenta arrebatarle furtivamente algo. En esta contienda, vence el más avisado y astuto y pierden los tontos. Al siguiente día, cuando nada le ha sucedido, el indio se alegra y cree haber triunfado de las asechanzas de quienes trataron de hacerle daño entre broma y broma y se ríe del khespiador que marró el golpe.

IV