La multiplicación de fiestas religiosas, la profusión con que se erigen templos y capillas, la excesiva sed alcohólica de las clases populares y de las que no son, mantienen y hacen más firmes las supersticiones. En los santuarios de los pueblos de provincia, es común el encontrar al lado de una efigie católica, objetos de hechicería, y el día de la conmemoración del santo, merecen también estos últimos la bendición del clérigo que celebra la misa.
El indio por todos esos motivos, considera de la misma clase y con iguales pretenciones, al sacerdote y al brujo de su estancia; al menos al fraile lo tiene como a un nigromanta peligroso. Le llama kharisiri, es decir degollador, y cuenta de él, que desde mediados de julio hasta mediados de agosto de cada año, sale de su convento y recorre las estancias y rancherías del campo, en busca de grasa humana para confeccionar la crisma de los bautismos, seguido a la distancia de un lego que lleva los cajoncitos de lata en que aquella especie será depositada. Cree que el fraile, apenas encuentra un ser humano, lo halaga y le da un narcótico con el que le adormece, y cuando está inerte, le hace una incisión en la barriga, hacia el lado derecho, por donde le extrae toda la grasa que contiene su cuerpo y se retira después de curarlo y conseguir que de la herida no quede más huella que un ligero cardenal. La víctima al despertar de su letargo y volver en sí no encuentra al funesto fraile pero siente un fuerte dolor en el vientre que le anuncia que algo ha ocurrido con él y agobiado por este presentimiento, comienzan sus fuerzas a decaer rápidas y consumirse su cuerpo, hasta que muere a los pocos días del hecho.
Al principio de la conquista española llamaban Kharisiri al verdugo que degollaba a los ajusticiados, y creían que después de consumado el hecho andaba en las noches vestido del hábito despojado al difunto y aún lleno de tierra y sangre, cubierta la cabeza de un capuchón, que sólo dejaba descubierto su rostro pálido como la muerte y sombrío como la noche, llevando en la mano una campanilla, cuyo lúgubre sonido se escuchaba de rato en rato. Decían de él que se alimentaba de carne humana, prefiriendo devorar la de los niños que encontraba a su paso.
Poco a poco y a medida que las ejecuciones en esa forma disminuyeron, la imaginación de los indios fué confundiendo al verdugo con el fraile que acompañaba al condenado a la pena de muerte, hasta que el primero se borró de su memoria y sólo el último quedó con el mote de Kharisiri, terminando por tenerle miedo, a causa de considerarlo ladrón de grasa humana.
Probable es que la circunstancia de ver traginar con alguna frecuencia a los frailes solos y por caminos silenciosos y desiertos, haya dado también lugar a la formación de esta leyenda con todos sus lúgubres contornos, o tal vez coincida, y esto es lo más seguro, con algún mito propio que tuvieron antes de la conquista, y al cual, por su semejanza, han sustituído con el fraile, dándole la terrible denominación de Kharisiri.[2]
Cuando el indio no ha visto ni se ha encontrado con este personaje de lúgubre fama y siente, sin embargo, dolor al vientre y se presenta en la parte exterior la terrible mancha roja, cree el vampiro que se hizo invisible para mejor y más cómodamente extraerle la grasa, y el infeliz dominado por tal idea desconfía de los remedios y muere por consunción.
El fraile también simboliza para el indio al autor de la carestía y hambre en los ranchos, porque supone que en las grandes alforjas que lleva consigo, con el poder de la nigromancia que profesa recoge cuantos víveres encuentra dejando al pobre indio que muera, por falta de ellos, con la barriga pegada al espinazo.
V
Los sueños tienen influencia decisiva en las determinaciones de las clases populares, las cuales creen que según son aquellos les sucederá algo en la vida real, y con este motivo les dan interpretaciones varias.