Balbucí unas excusas sobre la incertidumbre de mi porvenir y sobre los obstáculos que hubieran podido eternizar mi noviazgo. Lacante movió la cabeza sin replicar, y siguió diciendo:
—Deseo de todo corazón que ese matrimonio le haga a usted feliz. Acaso hubiera deseado para usted una esposa cuyos gustos estuviesen más en relación con su fortuna. Sin embargo, si, como espero, Luciana es una mujer de corazón, sabrá sacrificar sus gustos en la medida necesaria.
En seguida me preguntó qué asunto iba yo a elegir para mi curso de este año, marcando así que la cuestión de mi matrimonio le parecía agotada.
Iba a exponerle mis ideas sobre este asunto y a pedirle consejos, cuando entró Elena muy sonriente y más bonita que nunca.
—Aquí tenemos a mi hijita,—dijo Lacante atrayéndola hacia él y con una inflexión de ternura que me conmovió. Parecía que quería preservarla de algún peligro. La misma Elena lo notó y le miró con un poco de alarma.
—¿Estás malo, papá?
—¿Malo?... No, por cierto; estoy muy bien... ¿Decía usted, Máximo?...
Había yo perdido el hilo de mis ideas y se lo confesé cándidamente.
Lacante suspiró, y dirigiéndose a Elena, que se había sentado a su lado en una silla baja, le dijo:
—No te extrañe la turbación de Máximo, pues tiene la mente muy lejos del Colegio de Francia... Viene a participarnos su casamiento con Luciana Grevillois.