—Cuando se toma lo sobrenatural, no hay que disputar por la cantidad.
—¡Oh! no—exclamé;—usted, no quiero que se burle de mí. A mi padre le está todo permitido... pero a usted le ruego que no se ría a mi costa.
—¿Reír? No tengo ninguna gana.
Y, en verdad, tenía una expresión muy melancólica.
Mi padre, que había recobrado su buen humor, se volvió hacia mí:
—No lo maltrates... Lo que dice es verdad, después de todo; cuando se entra en lo sobrenatural, se traspasan de un salto los límites de la razón pura y la discusión es inútil... Vamos, loquilla, no te devanes los sesos por mi causa... ¿No fue San Pablo quien dijo que la mujer fiel justifica al marido infiel?... Las hijas deben tener el mismo privilegio... Anda, puesto que hace buen día, aprovecha la ocasión de que Máximo quiere hacerme compañía y vete a tomar el aire... Tienes unas ojeras... que no hacen honor a la casa.
Cuando me marchaba, me llamó y me dijo dándome cariñosos golpecitos en el carrillo:
—¿Crees tú que no querría yo creer? ¡Por qué no tengo la fe de un patán cualquiera!... Muchas veces lo he pensado.
Máximo a su hermano.
28 de noviembre.