—Si no se tratara de su hija de usted. Supongo que no tendrá usted la intención de experimentar...
Lacante tomó una expresión de cólera.
—¿Quién habla de eso?—exclamó golpeando en la mesa con la regla.—¿He dicho yo semejante cosa?... Mi hija irá al convento, que es el sitio más propio para mantenerla en las ideas que se le han inculcado... Y no seré yo el que trate... No diga usted tonterías, amigo.
Gruñó todavía un rato, y después, volviéndose hacia Polidora, que entró a darle unos periódicos, la interpeló en tono de buen humor:
—Y bien, Polidora, ¿qué dice usted de mi hija?
La mujer se regodeó con aire de suficiencia y dijo no sin desdén:
—Es una joven sencilla y sin malicia, seguramente... Pero no sabe llevar un vestido ni servirse de sus ojos...
—¡Alto ahí, Polidora! Agradeceré a usted mucho que no la enseñe esas artes de adorno... No necesita saber más, hasta nueva orden... ¿Entiende usted?
—Perfectamente, señor, y basta... Si el señor encuentra bien así a la señorita... Lo que yo decía era por su bien. Me pondré guantes para hablarla, si eso agrada al señor.
—Sí; me agrada, Polidora; y como usted es inteligente, quedo tranquilo.