—Naturalmente; es por un espíritu de justicia, de estricta equidad, por lo que...

Lacante me miraba y sus ojillos vivos y movibles tenían una singular expresión, que cortó mi frase en suspenso.

—Querido amigo—continuó después de un instante,—es para cumplir un deber... un deber de conciencia en interés de la niña...

—¿Qué niña? ¡Cómo! ¿Acaso aquella noble dama tenía?...

Lacante no me dejó acabar.

—¿Qué diablos va usted a pensar, amigo querido? La niña, y esto es lo que me preocupa, la niña es hija mía.

Como comprenderás, no pude contener un grito de sorpresa, y tú, con toda tu diplomacia, vas a hacer lo mismo al leerlo.

Lacante siguió diciendo con sonrisa, mitad confusa, mitad placentera:

—¡Bah! querido, yo he sido joven, y lo he sido demasiado tiempo... Hay allí una flor tardía, que me pertenece, brotada en un tronco viejo y arruinado.

—¿Es joven?