Lacante continuó:

—Mi casa no está hecha para criar palomas... Mis costumbres... mis amigos... las conversaciones... yo mismo... No me hago ilusiones; no tengo nada de lo que haría falta.

—¿Qué va usted a decidir?

—No tengo dónde elegir, amigo mío; voy a meterla en un convento.

—¡En un convento!... ¡Él! No podía creer lo que estaba oyendo.

—¿La va usted a hacer una mojigata? ¿Usted?...

—Sí, hijo mío, hasta que pueda casarla. No veo qué otro partido pueda tomar.

—Hay colegios laicos, institutos de niñas, en los que la instrucción está ciertamente más desarrollada y fundada en un espíritu más ancho, más científico...

—Es posible... no digo que no... Pero no conozco esas casas ni sé qué pasa en ellas, mientras que es de tradición que en los conventos las niñas son bien tratadas y se encuentran a gusto... No soy un padre muy tierno... tengo de eso lo menos posible, lo confieso... Los niños me han parecido siempre un estorbo lamentable y tiránico... Sin embargo, no quisiera que esa muchacha fuera desgraciada... En cuanto a la instrucción, ya la desarrollará ella más adelante, si quiere... Su marido la ayudará.

¿He soñado que, al decir esto, me miraba de reojo? ¡Ah! no, eso no. Consiento en prestarle todos los servicios que pueda, porque le quiero mucho. Es el ser de este mundo a quien tú y yo debemos más, pues ha sido, más que un tutor, un padre para nosotros. Le soy enteramente adicto, pero no hasta el punto de casarme con su mojigata. Además, y aprovecho la ocasión para decírtelo, mi corazón ha elegido ya... Te contaré esto otro día.