No quedaba en la choza más que la hija mayor, sentada en una piedra que servía de mesa y de banco. Sus ojos, pálidos y sin expresión, nos miraban obstinadamente a través de los mechones de cabello y detallaban de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al gemido casi continuo de la moribunda.
En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:
—¿Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?
—Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...
—¿Y el señor cura, viene alguna vez?
La mujer exclamó duramente:
—¿El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.
—Estoy segura de que vendría si usted quisiera verlo.
—¿Para qué?—Hizo un movimiento brusco de protesta y cayó pesadamente, sin poder incorporarse.—¿Qué iba a hacer aquí el cura?... No quiero sotanas ni hombres negros a mi alrededor.
Elena respondió con voz temblorosa: