—¿Que a quién habéis de querer?... ¡Vaya, vaya! señorita Elena, ¿es usted sincera?... Creí que ese corazoncito era más pronto en conmoverse... y esperaba...

—¿Qué, papá?

Su viva y penetrante mirada me traspasó, en cierto modo, de parte a parte, y escudriñó todos los repliegues de mi alma antes de responder:

—Si esos ojos mintieren, habría que desistir de la verdad... Ya hablaremos de esto otro día, hijita. En este momento, lo mejor que puedo hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa, ¿sabes? Un síncope como éste, un poco más largo, y ya estaba... No hay que formarse espantajos...

¡Ay!... Yo también pensaba lo mismo: un síncope un poco más largo sería la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible despertar en la otra vida...

Y no me atreví a decir nada.

Me faltó el valor y me callé cobardemente.

¿Por qué no está usted a mi lado, querido señor cura, para acallar mi remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan fácilmente extraviada en mis pensamientos?

Me siento tan débil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha vivido, estudiado y reflexionado tanto...

Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la sabiduría y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.