—¿Comprenderlo todo?—me preguntó.—¿Es eso posible? ¿Cree usted que todo se puede explicar?
Yo no quería ni afligirla ni discutir.
—No—respondí;—las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazón.
—¡Oh! ¡Cuánta razón tiene usted!—exclamó con mirada brillante.
—Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos—dije sonriendo.—Si usted quisiera que hablásemos así algunas veces, acabaríamos por ser de la misma opinión.
—Sí... usted me enseñaría a pensar...
—¡Oh! Para eso aténgase usted a su catecismo, Elena... He lamentado muchas veces que esté usted aquí expuesta a oír discursos que hieren sus creencias... Si alguna palabra mía lo ha hecho alguna vez, pido a usted de todo corazón que me perdone. Me acusaría siempre de haber cambiado en algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.
Recordé que su padre dijo un día lo mismo delante de mí.
Elena sonrió y dijo:
—No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazón ya no sale.