Sin embargo, cuando pasé el umbral de aquel gran salón herméticamente cerrado, en el que ardían los cirios hacía dos días, y respiré el olor frío de las altas vigas saturadas de vejez, sentí un malestar de tristeza y como repugnancia por una vida que conduce a la infalible muerte.

Empezaron a llegar amigos y parientes que yo no conocía y a quienes expliqué la ausencia de Lacante. Pero, a todo esto, no veía a la hija, y salí a informarme de lo que había sido de ella.

—¿Pregunta usted por la señorita Elena?... No sé si podrá bajar. ¡Ha llorado tanto, la pobre!... Casi tiene fiebre.

—¡Pobre joven! ¿Quería mucho a su tía?

—Ya ve usted... No tenía a nadie más que a ella para querer... puesto que a su padre no lo conoce y su madre y su abuela han muerto.

—Estoy encargado de llevar a la señorita Elena al lado de su padre—dije prontamente para destruir en el ánimo de aquella mujer la mala idea que tenía de Lacante.

—Sí, eso la consolará acaso, si su padre es un poco bueno para ella. ¡No ha sido muy mimada, la infeliz!

La llegada de nuevos invitados me obligó a volver al salón.

En seguida llegaron los sepultureros.

Cuando el convoy iba a ponerse en marcha, vi aparecer por una puerta lateral, entre un rumor de sollozos, a la hija de Lacante, con un inmenso sombrero de crespón y un denso velo que la aplastaba y le hacía parecer tan pequeña como si tuviese apenas doce años.