Tengo cariño y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuidó con tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su aire de solemne importancia me da siempre gana de reírme en sus barbas, y esta es una mala disposición para casarse. Además, tiene siempre en la mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que es también un poco fastidioso.
Kisseler... No quiero pensar siquiera en él, porque lo detesto de pies a cabeza.
No queda ya más que Máximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y benévola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de forzar la atención y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el secreto de aquel corazón tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, además, es muy adicto a mi padre...
Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: «Por el amor de papá, cásese usted conmigo, caballero.» Tendría que ocurrírsele a él solito.
Máximo a su hermano.
Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de ello todos los días sin tener nunca valor para tomar la pluma.
Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los demás ni a mí mismo, y nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios sentimientos y encontrarlos ilógicos, contradictorios y miserables.
Estoy más humillado de lo que puedo decir por este lío de conciencia.
Tú sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la que me conquistó con la confesión espontánea de una preferencia que yo no sospechaba.
La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o más bien, mi amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mío, la observo, la analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una discordancia entre la hermosa franqueza que usó conmigo el primer día y la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequeña sociedad que nos rodea.