«Las fiestas principales (dice) las celebran tambien con corridas de caballos, á que son tan propensos como diestros. Nadie pierde esta diversion: hasta las niñas mas tiernas, que no pueden tenerse, las lleva alguno sentadas en el arzon de la silla de su caballo. En cada pueblo hay fiestas señaladas para correr los dias mas solemnes. En la Capital son los de S. Juan, S. Pedro y S. Mateo. La víspera de S. Juan al amanecer entra gran multitud de corredores, que vienen de los pueblos de la Isla á lucir sus caballos cuando dan las doce del dia; salen de las casas hombres y mugeres de todas edades y clases, montados en sus caballos enjaezados con la mayor ostentacion á que puede arribar cada uno. Son muchos los que llevan sillas, mantillas y tapafundas de terciopelo bordado ó galoneado de oro, mosquiteros de lo mismo, frenos, estribos y espuelas de plata; algunos añaden pretales cubiertos de cascabeles del mismo metal. Los que no tienen caudal para tanto, cubren sus caballos de variedad de cintas, haciéndoles crines, colas y jaeces de este género, adornándoles con todo el primor y gusto que pueden, sin detenerse en empeñar ó vender lo mejor de su casa para lucir en la corrida.

«Esta no tiene órden ni disposicion alguna: luego que dan las doce de la víspera de S. Juan, salen por aquellas calles con sus caballos, que son muy veloces y de una marcha muy cómoda. Corren en pelotones, que por lo comun son de los parientes ó amigos de una familia; dan vueltas por toda la ciudad sin parar ni descansar en toda la noche, hasta que los caballos se rinden. Entonces toman otros, y continuan su corrida con tanta vehemencia, que parece un pueblo desatado y frenético etc.....»

Esto sucedia en aquellos tiempos en que Puerto-Rico era, segun el mismo escritor, una carga pesada para la Metrópoli; ahora que se ha convertido en uno de los brillantes de la Corona, en esto, como en todo lo demás, ha habido muy notables variaciones. ¿Quién se atreveria á decir hoy que los naturales de ella no se detienen en vender ó empeñar lo mejor de su casa para lucir en una corrida? Mas aun: ¿Quién osaria repetir una de aquellas célebres cuanto vergonzosas Cantaletas, que recordamos hasta los mas jóvenes, y en las cuales no se respetaba el honor, ni los secretos de las familias? La civilizacion y el buen juicio han desterrado estos abusos, y no debo ocuparme de ellos, puesto que no hay ya que corregirlo.

Las carreras de S. Juan y S. Pedro son en el dia una diversion honesta, grata y que puede utilizarse en bien del país; habiendo desaparecido de ellas todo cuanto tenian de inmoral y vicioso. Mas empieza ya á tocar al otro estremo; esto es, pierden su atractivo y se van haciendo cada dia mas insípidas. No llega ni á la mitad el número de los ginetes, y las señoras abandonan este medio de lucir su gallardía; de manera que si no procura remediarse, llegará dia en que solo se conserve un recuerdo de lo que ha sido y es aun una de las mejores fiestas del país.

A pesar de esta decadencia, es agradable el ver las parejas que despues de las cinco de la tarde, y no á las doce del dia, recorren las limpias y hermosas calles de Puerto-Rico. Todavía algunas jóvenes elegantemente vestidas ostentan su habilidad, manejando con soltura y sobradísimo garbo briosos y ligeros potros de Caguas y Yabucoa, que parten como el rayo, y se detienen al movimiento de una manita que apenas alcanza á abrazar las riendas. Los balcones ostentan cuanto hay en la Capital de distinguido, bello y de buen tono; y el pueblo, esparcido por las calles y las plazas, se entrega al gozo que le produce una diversion tan de su gusto.

Una ó dos horas despues de oscurecer, está llena la plaza de armas, de caballos, buenos y malos, feos y bonitos, flacos y gordos, veloces y pesados: ninguno está excluido de ella, para que los aficionados menos ricos ó que no quieren correr por la tarde, puedan hacerlo por la noche, mediante un alquiler sumamente escesivo, pero que siempre parece poco al que desea llevar una cumarracha.

Por la tarde es atrozmente silbado y escarnecido el que se atreve á presentarse en la carrera con un mal caballo, ó que no esté bien enjaezado; por la noche sucede todo lo contrario: las cómodas y económicas banastas reemplazan á la silla; y una fresca chaqueta de lienzo al rico dorman de paño, que es el vestido que mas usan los que corren á aquella hora. Poco importa que el animal sea de primera casta, ó un descarnado platanero, que no por esto queda sin correr, sino que lleva su ginete, y quizás por añadidura una de aquellas morenitas capaces de hacer bailar la jurga á un magistrado del tiempo de Cárlos tercero.

En muchas esquinas encienden hogueras, cuya luz unida á la que presta el escelente alumbrado de aquella ciudad, permite distinguir perfectamente las fisonomías. El frente de las casas es ocupado por una hilera de sillas, y estas por otros tantos curiosos, que cruzan dichos, á veces muy agudos, con los que pasan por medio de la doble fila á todo correr, y con los de la acera opuesta; pero el centro comun de estas agudezas, el teatro de escenas mas animadas, el punto de reunion de la gente de broma, es el atrio de la Catedral, llamado en aquellos dias Balcon de los arrancados.

El estar en la calle del Cristo, una de las mas favorecidas por los corredores, el tener á su frente una plaza, y el ser un lugar espacioso, de poca elevacion y seguro por estar murallado, dan á este sitio la preferencia; reuniéndose en él una especie de tribunal, que juzga la bondad de los caballos, y se encarga de aplaudir á los bonitos y ligeros, y silbar estrepitosamente á los flacos y pesados; llamándoles chalungos, chongos, chacuecos, sancochaos, y otros mil adjetivos que tienen los inteligentes, uniéndolos á las frases mas chistosas y oportunas.